El otro día me pasó algo curioso cuando fui a comer con unos amigos a un restaurante caro y malo. Lo curioso no era que el restaurante fuera así: cualquiera que tenga papilas gustativas sabe que Bogotá se llenó de establecimientos mediocres, manejados por gomelos que ni siquiera son capaces de acallar el ruido de una licuadora. Lo que me llamó la atención fue que el sitio estaba tan lleno, que incluso había lista de espera.
Yo me habría ido feliz para mi casa, pero mis amigos insistieron en esperar y fue entonces cuando se me ocurrió hacer un comentario inocente: "parece que toda esta gente no se hubiera enterado de que estamos en plena crisis económica". ¡Quién dijo miedo! Bastó que yo dijera eso, para que mis amigos me tildaran de ave de mal agüero. Incluso uno me dijo con un dejo de indignación: "ustedes los críticos hacen que los demás nos sintamos mal, y eso sí que va a fregar la economía".
Convengamos que las especies que han logrado sobrevivir en la faz de la tierra lo han hecho conservando un sano equilibrio entre el optimismo y el pesimismo. Los que llevan un oscuro nubarrón a modo de sombrero no tienen el ímpetu necesario para encarar los problemas y generar las soluciones que nos hacen progresar. De otro lado, quienes ven todo color de rosa no logran anticipar el peligro y terminan con la yugular atravesada por los colmillos de un felino o de una recesión.
Y es que las cosas se complican cuando acecha una recesión, porque el desempeño de la economía depende en gran medida del ánimo de la gente. En un momento en que la demanda se está frenando, no conviene que todos guardemos la plata debajo del colchón y dejemos de gastar porque eso profundiza la desaceleración. Pero en esas condiciones adversas tampoco es bueno que salgamos a gastar, ignorando la fragilidad de las perspectivas económicas, porque en medio de la incertidumbre más vale ser cauto.
¿Y qué tan frágiles son las perspectivas económicas? Está claro que hay muchos motivos para el pesimismo. Según un estudio que presentará el Banco Mundial en la reunión de los países del G-20 la próxima semana, este año la economía global se contraerá por primera vez en más de medio siglo, el comercio internacional sufrirá la mayor caída desde la Gran Depresión y 50 millones de personas caerán bajo la línea de pobreza en el mundo. Claro que en el caso de Colombia hay algunas razones que permiten matizar ese oscuro panorama. Nuestro sistema financiero es supremamente sólido, los avances en seguridad han cambiado radicalmente el entorno de los negocios, los altos niveles de inversión de los últimos años permitieron modernizar parte importante del aparato productivo y el Banco de la República tiene cierto margen para impulsar la economía.
Estas condiciones favorables nos ayudarían a recuperar el dinamismo si la economía internacional empezara a recuperarse en un plazo razonable, pero de poco servirán si la crisis internacional se prolonga más de la cuenta. Y en ese frente hay que decir que las noticias no serán buenas mientras en Estados Unidos no se recuperen el mercado laboral y el sistema financiero, temas que poco parecen importar en los autistas restaurantes de estrato ocho de Bogotá.
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