Cuando llegue la media noche del 31 de diciembre se repetirá el episodio de La Cenicienta. Dice el cuento que el mundo de ensueño volvió a ser la triste realidad cuando sonaron las doce campanadas: tras haber sido la atracción de la fiesta, la pobre Cenicienta vio su carroza convertida en una calabaza y sus lacayos en unos lagartos.
La economía colombiana está en las mismas: durante un buen tiempo fue la atracción del baile y sedujo a varios príncipes con un crecimiento que parecía no tener fin. La euforia fue tan grande, que algunos incautos llegaron a decir que en adelante Colombia crecería a un ritmo sostenido de 5 por ciento anual. Ahora la mayoría de los pronósticos sugieren un crecimiento menor a 2,5 por ciento el año entrante. Aunque eso ya se ha dicho muchas veces, lo que no se ha dicho es que 2008 pasará a la historia como el año en que se revelaron las oportunidades que la economía colombiana perdió durante el auge.
La primera oportunidad perdida fue la de la consolidación del mercado interno. Es vergonzoso que después del mayor dinamismo económico en tres décadas el mercado interno siga siendo tan precario. Las cifras hablan solas: en el segundo trimestre de este año el consumo de los hogares creció tres veces menos que las exportaciones, y eso que estamos en plena crisis internacional. Lo más grave de todo es que detrás de la fragilidad del mercado interno se esconde una realidad preocupante: el desempleo y la informalidad parecen inmunes al crecimiento, mientras el Gobierno insiste en mantener una política errada que combina estrategias asistencialistas con medidas que elevan el costo del trabajo.
La segunda oportunidad perdida fue la de la construcción de una base exportadora sólida. Si bien las exportaciones son la fuente de demanda más dinámica en la actualidad, ese fenómeno es el resultado de los altos precios internacionales vigentes hasta hace unos meses y no de nuestra capacidad productiva. En este caso las cifras también son elocuentes. Durante los ocho primeros meses del año las exportaciones tradicionales crecieron 60 por ciento en valor, pero su volumen cayó 0,2 por ciento. La situación es peor para las exportaciones no tradicionales, que en ese periodo crecieron 22 por ciento en valor, pero cayeron 3 por ciento en volumen. Tras ocho años de expansión económica, la realidad del sector es preocupante: no hubo diversificación de mercados, no aparecieron nuevos sectores líderes y están cayendo los volúmenes exportados.
La tercera oportunidad perdida es la del ajuste fiscal. ¿Recuerdan que hasta hace poco los recaudos tributarios superaban una y otra vez todas las proyecciones? Esa era la oportunidad propicia para que las autoridades hubieran ahorrado los recursos de las 'vacas gordas' para hacer frente a la época de las 'vacas flacas'. Pero el Gobierno no hizo lo que le correspondía, y ahora nos encontramos sin margen de maniobra para hacer una política fiscal anticíclica que ayude a atenuar la desaceleración, y tratando de cuadrar las finanzas públicas con maromas insólitas como la de no bajar el precio de la gasolina a pesar de que ha caído el precio del petróleo.
Está terminando el mayor auge de la economía colombiana en más de tres décadas y seguimos en las mismas: sin un mercado interno sólido, con una base exportadora frágil y haciendo maromas para cuadrar las finanzas públicas. Cuando pase el guayabo de enero, muchos se restregarán los ojos incrédulos al ver una calabaza maltrecha rodeada de infinidad de lagartos.
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