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Mauricio Reina

60 centímetros cuadrados

Publicado el 20-06-08

La semana pasada se conoció una noticia que no recibió toda la atención que merece. Según la Encuesta Nacional de Salud, casi dos millones de colombianos no usan cepillo de dientes. De ellos, un millón solo hacen buches de agua, 750 mil solo usan palillos y 117 mil no usan nada. (Como la encuesta no identifica a los que se hacen la profilaxis dental con un pedazo de papel, he aquí un modesto aporte: varios lo hacen en vivo y en directo en el Canal del Congreso).

Aparte de los problemas que acarrea para la salud dental, semejante falta de aseo tiene serias implicaciones para la convivencia entre los colombianos. Desde la infancia todos hemos tenido que sufrir el calvario de tener cerca a una persona con halitosis. Para no ir muy lejos, el otro día en un tedioso seminario le pregunté a una amiga si tenía algún candidato en la mira. "Tenía uno -me dijo- hasta que se acercó para presentarse y quedó cancelado". Ese episodio pone de presente una realidad insoslayable: ya sea por desidia o por simple alejamiento del mercado, muchas personas sufren un deterioro de su aliento con el paso de los años.

Algunos descalificarán esta columna con el argumento de que uno debe respetar a las personas con mal aliento. Yo propongo que ellos lo respeten primero a uno con un buen enjuague bucal. Otros dirán que este es un tema frívolo que parece sacado de una columna de Diana Neira. Nada de frivolidad: hay abundante tradición analítica al respecto. Por ejemplo, uno de los mayores aportes de Jerry Seinfeld al estudio de las relaciones humanas es el concepto de buffer zone. Se trata de la distancia mínima que debe separar a dos personas para que una no se sienta perturbada por la presencia de la otra.

Si a algún lector le parece que Seinfeld no es una fuente respetable, pasemos a un campo analítico más duro: el de la proxemia, la disciplina que se ocupa del estudio del espacio personal. Su creador, el antropólogo Edward Hall, definió la 'distancia íntima' como el espacio mínimo que debe haber entre dos personas para que no sientan su olor ni su temperatura. Según Hall esa distancia es de 45 centímetros, así que mire alrededor y saque conclusiones.

Los que crean que la 'distancia íntima' es un embeleco, se sorprenderán al saber la importancia que tiene. Ese concepto es piedra angular de los análisis de John J. Fruin en su libro Pedestrian Planning and Design, que se ha convertido en la biblia de una disciplina que nos afecta a todos: el diseño de ascensores. No es que yo tenga el libro de Fruin en la mesa de noche, sino que lo vi citado en un artículo de The New Yorker sobre el tema. Allí uno se entera de lo mal que estamos en cuestión de ascensores en Colombia: según los parámetros internacionales de la industria, la medida estándar de un ascensor debería ser de 60 centímetros cuadrados por pasajero. Si logran quitarse el pelo de la vecina de la cara, saquen el metro y vean la magnitud del timo.

Los hallazgos de la Encuesta Nacional de Salud y los desfases de nuestros ascensores respecto a los estándares internacionales arrojan luz sobre uno de los grandes misterios de la humanidad: que Colombia aparezca en las encuestas como uno de los países más felices del mundo. El truco está claro: con seguridad a la gente la encuestan cuando por fin ha logrado escapar de un ascensor atestado de efluvios ajenos.

Mauricio Reina

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