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Mauricio Reina

Leer o no leer

Publicado el 25-04-08

Qué maravilla: mira uno alrededor y lo único que ve son libros. Quien no se sumerja en ellos en estos días es porque vive en otro mundo: el Día del Libro, la 21ª Feria Internacional del Libro, Bogotá termina su reinado como Capital Mundial del Libro...

Tanta euforia contrasta con una realidad preocupante: las perspectivas de los libros y la lectura en Colombia son sombrías. No me refiero al panorama de la industria editorial colombiana, que ha demostrado ser una de las más pujantes del continente. Como lo ha dicho el presidente de la Cámara Colombiana del Libro, Moisés Melo, el valor de las exportaciones colombianas de libros el año pasado triplicó el de las importaciones. Este notable superávit no sorprende a quienes hayan seguido de cerca la evolución del sector: desde hace rato estamos entre los países más competitivos de Iberoamérica en labores editoriales y de impresión.

Desafortunadamente, las cosas no andan tan bien por el lado de la demanda: Colombia es un país que lee poco. Mientras cada año los españoles leen en promedio 7,7 libros y los argentinos 3,2 libros, los colombianos apenas llegamos a 1,6 libros. Algún optimista dirá que España y Argentina tienen una mayor tradición de lectura y que lo único que nos falta para alcanzarlos es tiempo.

Qué va: nosotros vamos como el cangrejo. Según el Dane, los colombianos leíamos en el año 2000 un promedio anual de 2,4 libros, cifra que en solo 5 años cayó 30 por ciento. Lo más preocupante es que el deterioro se ha dado incluso entre los amantes de los libros: quienes se consideran lectores habituales leían un promedio de 6 libros al año en el 2000 y en el 2005 solo leyeron 4,5 libros.

Pero en todas las discusiones hay un abogado del diablo. (El otro día que escribí una columna señalando que la gente redacta mal sus mensajes de correo electrónico, un lector me escribió lo siguiente: "¿qué importa que uno escriva mal..?"). Por ello, no faltará quién se pregunte qué tiene de malo que cada vez leamos menos. Ese interrogante no es extraño en momentos en que la pasmosa expansión de los medios de comunicación audiovisuales ha puesto en jaque a la palabra escrita, y cuando hay un creciente número de defensores de los video- juegos como promotores del desarrollo cerebral.

Por ello, conviene subrayar algo fundamental: el acto de leer es irreemplazable en la formación de las personas. La lectura genera una participación mucho más activa del individuo que, por ejemplo, el acto de ver televisión. La mente de un lector interviene en la creación de los mundos que le ofrece la lectura, mientras recibe pasivamente aquellos que le ofrecen otras fuentes de información. El hecho de que la lectura implique una participación activa de la mente del individuo la convierte en una herramienta privilegiada para el desarrollo de su intelecto.

La importancia que tiene la lectura en la formación del individuo incide en su potencial desarrollo. Un estudio publicado a fines del año pasado por The National Endowment for the Arts sobre la situación de la lectura en E.U. (donde, por cierto, la cuestión de la lectura anda tan mal como acá), encontró que existe una relación entre el nivel de lectura de un grupo social y cuestiones críticas como sus oportunidades laborales, su nivel salarial y sus posibilidades de desarrollo.

La próxima vez que usted vea un libro por ahí, recuerde que esa es la bobadita que está en juego... un país que pierde el hábito de leer está perdiendo oportunidades de desarrollo.

Mauricio Reina

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