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Mauricio Reina

Diversificar mercados: para ayer es tarde

Publicado el 14-03-2008

¿Se acuerdan cuando Oliver Stone fue a Villavicencio hace unos meses, con la intención fallida de filmar un documental sobre la entrega de los secuestrados por parte de las Farc? Si lo hubiera hecho, no me habría interesado verlo. A esa conclusión llegué al confirmar su miopía política, tras leer sus declaraciones al diario británico The Guardian.

En contraste, la película que de ninguna manera habría querido perderme es la que habría rodado Woody Allen si hubiera asistido a la pasada cumbre del Grupo de Río: allí había material de sobra para hacer la segunda parte de su legendaria cinta Bananas. Y es que es difícil argumentar que no somos repúblicas bananeras cuando nuestras relaciones internacionales se manejan de esa manera: insultos por la mañana y abrazos por la tarde. Es indignante que problemas tan serios de nuestros países se traten como si fueran anécdotas de un paseo de olla: "Quítame esa corbeta de enfrente de mi playa...". "Déjenme cantarles un merengue...".

Pero si lo que pasó a ese lado de la pantalla del televisor produce indignación, lo que pasó a este lado genera perplejidad. La euforia nacional del fin de semana pasado conmueve por su candidez. La solución del Grupo de Río es tan cosmética como una inyección de Botox: al cabo de unos meses reaparece la cruda realidad. Es increíble que haya gente que piense que con esos abrazos se resolvieron los problemas con nuestros vecinos. ¿Acaso algo ha cambiado? Hugo Chávez sigue siendo un entusiasta admirador de los "auténticos revolucionarios" de las Farc, y sigue metiendo la mano en nuestros asuntos domésticos. Entre tanto, la cercanía del Ecuador con las Farc es mucho mayor que la que aceptó el presidente Correa tras su mirada rayada, como lo confirmó el diario El País de España. Como si eso fuera poco, Daniel Ortega aplica por decreto las 200 millas en la zona del diferendo binacional.

A todas estas, la comunidad internacional que censuró enérgicamente la violación de la soberanía territorial ecuatoriana por parte de Colombia, no dijo ni 'mú' sobre las simpatías de Venezuela y Ecuador hacia un grupo guerrillero que ataca a un Estado legítimamente constituido como el nuestro. En pocas palabras, la perspectiva internacional del conflicto terminó peor de lo que estaba antes de la crisis regional: ahora las Farc pueden tener refugio en las fronteras con Ecuador y Venezuela, bajo la tolerante mirada de una comunidad internacional que solo tiene ojos para controlar las acciones el Ejército colombiano.

En este contexto, el reestablecimiento del comercio con Venezuela puede ser flor de un día. Los vínculos económicos entre los dos países siguen siendo tan frágiles como sus relaciones políticas. La próxima vez que haya alguna discrepancia entre los dos gobiernos alrededor de las Farc, volverán a aparecer las bravuconadas de Chávez y las amenazas contra las exportaciones y la inversión de los colombianos. Y que conste que el vínculo entre lo político y lo económico no me lo estoy inventando yo: lo confirmó el Canciller venezolano a comienzos de esta semana cuando dijo que su Gobierno respetará las empresas colombianas instaladas en Venezuela si Colombia se compromete a respetar la resolución de la OEA.

Ante esa zozobra, Colombia debe avanzar a toda marcha en la diversificación de mercados para nuestras exportaciones, especialmente para los sectores más expuestos en el mercado venezolano: automotor, petroquímica, alimentos, y textiles y confecciones. Los analistas ya estamos construyendo indicadores para identificar los mercados más atractivos para esos sectores. Por su parte, el Gobierno y los empresarios ya deberían estar preparando maletas.

Mauricio Reina

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