Esta es la consigna que algunos dirigentes empresariales están planteando frente a la reducción de nuestras exportaciones a Venezuela y Ecuador, producida por deterioro de las relaciones con los vecinos. Tienen razón. Es cierto que al restringirse las ventas de productos colombianos sufren muchas empresas y se pierden miles de empleos, pero la dignidad y la soberanía del país no debe venderse ni siquiera por varios millones de dólares. Lástima que esa actitud enhiesta y patriótica no se hubiera manifestado en otras ocasiones, por ejemplo, cuando en las negociaciones del TLC se cedieron aspectos importantes de la soberanía jurídica del país, dizque para atraer los dólares de los inversionistas extranjeros, o cuando el Gobierno aceptó la inmunidad e impunidad de los soldados y contratistas norteamericanos estacionados en territorio colombiano a cambio de ayuda económica para la guerra. Pero no se trata ahora de cuestionar las faltas de patriotismo del pasado, sino de analizar si los negocios con Venezuela y Ecuador se están dañando por una razón válida de defensa de los intereses de la patria, o por errores y equivocaciones de manejo de parte del Gobierno que los quiere tapar envolviéndolos en el tricolor nacional y así eludir su responsabilidad política. Defender los intereses de la patria sí es buscar la ayuda y colaboración de los países amigos para luchar contra el narcotráfico y el terrorismo; por eso, puede llegar a justificarse la ayuda militar de E.U. Pero defender la patria no es negociar de manera secreta y clandestina la presencia de equipos y soldados norteamericanos eludiendo los controles que establece la Constitución por parte del Senado (Art. 173) y del Consejo de Estado (Art. 237). Defender la patria sí es actuar con soberanía y autonomía para negociar los tratados de asistencia militar que sean convenientes para el país, pero no es ignorar ni despreciar los intereses y justificadas preocupaciones de países vecinos, que por falta de información pueden sentirse amenazados.
Defender la patria sí es tratar de cortar las redes de apoyo internacional a la guerrilla y lograr la colaboración de los países vecinos para este propósito, pero no es violar las normas del derecho internacional para lograr este propósito, ni remplazar los canales diplomáticos por los escándalos en los medios de comunicación para acusar a los presidentes de otros países. Defender la patria sí es imponer la legitimidad del Estado sobre la guerrilla y el narcotráfico y crear un gran consenso nacional e internacional para alcanzar este objetivo, pero no es acusar de cómplices del terrorismo a quienes disienten de los métodos del Gobierno, ni mucho menos utilizar al DAS para 'chuzar' a los opositores y menos a los organismos internacionales defensores de los Derechos Humanos.
Es evidente que Ecuador y Venezuela tienen una postura agresiva contra Colombia, y que sus presidentes muchas veces traspasan los límites de la diplomacia, pero sus errores no justifican los del Gobierno colombiano. Es necesario revisar si la pérdida de los negocios con nuestros vecinos ha sido por la defensa de los intereses superiores de la patria, o más bien por equivocaciones en el manejo de las relaciones internacionales y ausencia de una diplomacia profesional.
El presidente dirige las relaciones internacionales y por su talante conservador le gustaría que todos repitiéramos aquellos versos de Miguel Antonio Caro de "patria te adoro en mi silencio mudo", es decir, que todos fuéramos mudos y apoyáramos sin cuestionar su gestión internacional. Pero la verdadera defensa de la patria incluye el reconocimiento de los errores cometidos, porque los empresarios y los trabajadores que pierden sus empleos no tienen porqué pagar por estas equivocaciones oficiales.
PUBLICIDAD