El accidentado episodio de la liberación unilateral de seis secuestrados de las Farc, permitió ver las imágenes del reencuentro de las víctimas de esta ignominia con sus familias, pero también demostró una vez más que en el conflicto interno la vida humana se ha convertido en una simple mercancía que utilizan e intercambian los actores de esa guerra de acuerdo a sus estrategias e intereses políticos.
Que las Farc tienen un total desprecio por la vida y que no respetan los más mínimos derechos humanos no es noticia nueva, pero las historias contadas por los liberados confirman los abismos de deshumanización a que ha llegado esa guerrilla. Son aterradores los relatos de los vejámenes a que fueron sometidos en cautiverio, o la frialdad con que por paranoia asesinaron a los 11 diputados, o la orden de matar a los plagiados antes de permitir un rescate militar.
La misma liberación unilateral no es un gesto humanitario de las Farc, sino una estrategia política en la que quieren mostrar que ya no tienen más civiles secuestrados, sino prisioneros de guerra para canjearlos por los que tiene el Estado. Por eso liberaron a los dos últimos políticos que tenían en cautiverio y a policías rasos, pero mantienen a oficiales, suboficiales y a capturados en enfrentamientos militares. No están hablando de seres humanos, sino de fichas intercambiables de un ajedrez político-militar.
Pero si por allá llueve, por acá no escampa. También el Gobierno de Uribe ha demostrado una actitud similar de relativización del valor de las vidas humanas frente a sus objetivos políticos o militares. Por eso fue capaz de poner en peligro la entrega de los policías secuestrados al autorizar -y negar que lo había hecho- sobrevuelos de aeronaves militares que seguramente tenían claros objetivos tácticos.
Alan Jara estaba equivocado cuando dijo que Uribe no había hecho nada por la liberación de los secuestrados. Ahí están para probar lo contrario la 'Operación Jaque', o las recompensas -con beca y viaje a París- a guerrilleros que deserten con un secuestrado, o la promesa de dejar en libertad al 'Mono Jojoy' si se entrega con un secuestrado. El problema es que todas esas movidas de Uribe no tienen como finalidad salvar la vida de los plagiados, sino debilitar a la guerrilla.
La guerrilla utiliza el secuestro como un arma política y Uribe hace lo mismo con los rescates. De nuevo, la vida es una mercancía, los secuestrados fichas que se salvan si su liberación contribuye a la derrota de las Farc, o mueren como Gilberto Echeverry y Guillermo Gaviria, si fracasa el rescate que buscaba una victoria militar. Se puede hacer un show periodístico con los liberados si esto aumenta la popularidad del Presidente o del ministro-candidato, pero se prohibe si los protagonistas son de la oposición.
Por supuesto que hay que derrotar a las Farc, o negociar para que se desmovilicen como los paramilitares. Pero ese objetivo, indispensable para que en Colombia haya paz y justicia social no es incompatible con que en medio de la guerra se hagan acuerdos humanitarios para salvar la vida de inocentes o combatientes. Jara sí tenía razón al decir que si la Seguridad 'Democrática' era tan fuerte y exitosa, no tiene porqué temer darle un respiro a la guerrilla para liberar a los secuestrados.
Seis compatriotas recuperaron su libertad gracias a la tenacidad de Piedad Córdoba y a la presión de la sociedad civil, en este caso representada por Colombian@s por la Paz. Solo cuando todos los actores de la guerra acepten este principio se logrará la humanización del conflicto interno, que es el primer paso para lograr la paz.
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