Desde al año pasado se está esperando que la economía de los Estados Unidos entre en recesión, es decir, que su PIB no crezca, sino que disminuya durante por lo menos dos trimestres consecutivos. En un momento se llegó a decir que había un 90 por ciento de probabilidades que hubiera recesión y el consenso de la mayoría de los analistas, incluyendo las autoridades, era que esta era inminente.
Sin embargo, confirmando la creencia de que los economistas son tan buenos para hacer pronósticos como los meteorólogos, los resultados han ido contra las expectativas y la economía norteamericana sigue creciendo, si bien a un ritmo mucho más lento de 0,9 por ciento en el primer trimestre. Más aún ya se está hablando que la probabilidad de la recesión es de solo un 40 por ciento e inclusive, que para el final del año, puede haber una ligera aceleración del crecimiento.
Hay que recordar que existían suficientes razones, y muy fuertes, para el pesimismo de los economistas: la gran crisis financiera originada en los créditos hipotecarios denominados sub-prime y sus repercusiones sobre el sector de la construcción.
La crisis financiera, que produjo millonarias pérdidas a fondos de inversión y bancos internacionales de primera línea, ha sido calificada como una de las peores de la historia después de la Gran Depresión de 1929. A su vez la descolgada de los precios de las viviendas y la caída de la construcción de nuevas viviendas también alcanzó récords históricos y produjo un notable aumento del desempleo, y la reducción del consumo de los hogares afectados por la pérdida de valor de sus casas.
¿Por qué se equivocaron los economistas si estaban dados todos los ingredientes para una tormenta perfecta, para una crisis económica de grandes proporciones? En realidad, para salvar el honor de la profesión, hay que decir que no estaban equivocados; por el contrario sus pronósticos estaban tan bien fundamentados que indujeron una fuerte reacción de las autoridades norteamericanas para impedir que se cumplieran. Como en la física cuántica el principio de indeterminación de Heisenberg establece que medir implica interactuar y alterar lo que se está midiendo, en la ciencia económica pronosticar genera reacciones que pueden modificar los pronósticos.
En Estados Unidos se ha evitado la recesión por la fuertísima intervención del Banco Central (la Reserva Federal o FED), que atajó una crisis financiera que hubiera podido poner en riesgo la estabilidad mundial. Se dice que fue una suerte que el actual presidente del FED, Ben Bernake, fuera un académico especializado en el estudio de la Gran Depresión, que no estaba dispuesto a permitir que se repitieran los errores de política monetaria que la precipitaron.
La intervención del FED fue realmente excepcional: en solo 9 meses bajó 10 veces su tasa de interés llevándola del 6,25 al 2 por ciento, haciendo inclusive rebajas de 0,75 por ciento, o en reuniones extraordinarias citadas por la noche para que el anuncio influyera en los mercados asiáticos. Además, inyectó miles de millones de dólares al sistema financiero, emisión monetaria pura y simple para evitar el colapso de los bancos, y fue más allá de sus propias reglas para prestar dinero a entidades distintas de los bancos comerciales y propiciar el rescate de una de ellas, Bear Sterns. Es como si aquí el Banco de la República decidiera hacer prestamos a los comisionistas de Bolsa o a las Fiduciarias.
El riesgo de la recesión todavía existe. De hecho, el Secretario del Tesoro de Estados Unidos acaba de advertir en la reunión del G8 en Tokio, que los altos precios del petróleo pueden frenar aún más la economía e impulsar la inflación, y Bernake también anunció que no iban a hacer más recortes de tasas de interés, porque las inflaciones son hora el riesgo más grande que enfrenta la economía.
Dos lecciones van quedando de esta historia: que sin una regulación estricta, los mercados financieros se desbordan y son capaces de autodestruirse, y que las autoridades monetarias tienen instrumentos de intervención muy fuertes para controlar los mercados y evitar la profundización de las crisis. Es cuestión de tener la voluntad política para hacerlo.
PUBLICIDAD