Aunque para la sociedad colombiana la Semana Santa ya no tiene el carácter sacro y reverencial de antaño, y los días sagrados del cristianismo son solo el puente festivo más largo del año aprovechado por muchos para divertirse y descansar, han aparecido otras celebraciones y actos de multitudes que cumplen la función de recrear el espíritu y alimentan esa necesidad que tenemos los seres humanos de rituales, que nos permitan trascender más allá de lo simplemente cotidiano y material. Me refiero, por ejemplo, al espectacular concierto por la Paz sin Fronteras, o al inmenso Festival de Teatro de Bogotá.
El primero, el concierto, de seguro reemplazó para miles de colombianos, venezolanos y ecuatorianos el tradicional desfile de Ramos, sin el atentado ecológico contra la palma de cera y sin mesías alguno que fuera el centro del espectáculo, pero con la misma explosión de alegría y el mismo clamor de esperanza por la llegada del reino de Paz y Justicia. La música de esa cofradía de artistas iberoamericanos no era una distracción más, sino una verdadera re-creación de los lazos de fraternidad entre los pueblos bolivarianos, que son más fuertes que la rencillas entre sus gobernantes. Como dice Sandor Marai de uno de los protagonistas de sus novelas, "La música que Konrad prefería no sonaba para que la gente olvidara ciertas cosas, sino que despertaba pasiones (...) y su propósito era lograr que la vida fuera más real en el corazón y en la mente de los seres humanos".
La complejidad del Festival de Teatro es casi imposible de reseñar. Se estima que fueron más de dos millones de espectadores los que llenaron las cerca de 700 funciones formales puestas en escena por 270 compañías (80 de ellas internacionales), además de todas las funciones de teatro callejero. Increible ver como en una sola noche podía haber más de 20 presentaciones distintas, sin contar los espectáculos de la Ciudad Teatro, y aún en las más costosas se agotaba la boletería con un público entusiasta que agradecía a los artistas con prolongados aplausos la oportunidad de recrearse.
En el Festival hubo espectáculos para todos los gustos: música, danza, circo, marionetas y, por supuesto, Teatro. Así, con mayúscula, el verdadero teatro que continúa la tradición griega de enfrentar al público con representaciones de la vida real, bien sea de temas históricos o de la vida cotidiana, unos trágicos y otros satíricos o humorísticos, pero siempre con el propósito de recrear, de producir en el público algo nuevo, sentimientos, reflexiones, pasiones o simples sonrisas, pero que sirven para mirar la realidad de otra manera.
El carácter clásico de las mejores obras del Festival es notorio a pesar que los sitios donde se presentan hoy las obras son muy distintos a los teatros griegos, cuya arquitectura abierta de semicírculos integrados totalmente al paisaje reforzaba la conexión total entre el teatro y la vida real. Hoy son recintos cerrados, mucho más parecidos a los teatros romanos que tenían el propósito de divertir, de alejar al público de los problemas de la vida real, de hacer olvidar al pueblo del imperio de las miserias cotidianas; por algo los romanos no cultivaron la tragedia ni la sátira, sino que optaron por la comedia como una forma de entretenimiento.
Pero esta limitación arquitectónica no es obstáculo para que los actores nos confronten con muchas de las realidades que vivimos hoy, o con los grandes interrogantes que desde siempre se han planteado a la humanidad: los límites entre el bien y el mal, la injusticia y la opresión, el deseo pero también la inutilidad de la venganza, la vida que logra sobreponerse a la violencia y la muerte. Estas representaciones son muy útiles para que nuestra sociedad post-moderna y secular encuentre nuevas alternativas de recreación para que los rituales tradicionales no sean sustituidos por simples formas de diversión.
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