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Mauricio Cabrera Galvis

El año del horror

Este año que terminó debe ser recordado en Colombia como el año del horror. O para ser más precisos, como el año en que se hizo público el horror, todos los horrores de este conflicto interno que desangra a nuestro país y que ha alcanzado niveles de crueldad y salvajismo aterradores frente a la ignorancia de muchos, la indiferencia de la mayoría y la complicidad de quién sabe cuantos.

Las imágenes y relatos transmitidos por los medios de comunicación han mostrado esa tragedia que tratamos de no ver y que deberían presionar a una sociedad pasiva para que confronte esa realidad macabra del sufrimiento inhumano a que han sido sometidos miles de inocentes, tal como se puede ver en dos ejemplos recientes.

El primero, es la foto de Ingrid Betancourt afligida y abatida, y la dolorosa carta a su madre en que relata la muerte en vida que han sido sus seis años de cautiverio, que han revelado mejor que cualquier discurso político la crueldad del secuestro, la falta de humanidad de las Farc y el desprecio que tienen ante la dignidad humana de sus rehenes. Ella es la imagen trágica de los extremos perversos a que puede llegar una guerrilla que hace mucho tiempo perdió cualquier legitimidad que hubiera podido tener su lucha, y que ante el fracaso de sus objetivos militares, recurre a utilizar a civiles inocentes como instrumentos de presión política.

El otro, es el espeluznante informe publicado por la revista Semana sobre los crímenes y las atrocidades de los paramilitares con el acertado título de 'La barbarie que no vimos'. La barbarie es inimaginable. No se trata solo de muertes de combatientes que podrían considerarse inevitables en una guerra, sino de asesinatos y masacres llevados a cabo con sevicia y salvajismo: pueblos arrasados a sangre y fuego, campesinos descuartizados, otros quemados vivos o echados a pozos con caimanes, rituales macabros en que los asesinos bebían la sangre de sus víctimas... Y nada de esto como casos aislados, o excesos de unos pocos cegados por el odio, sino como una práctica repetida para la que inclusive había escuelas de entrenamiento para aprender el uso del machete y la motosierra como armas de escarmiento.

Lo mismo que el cautiverio de los secuestrados, estos horrores venían sucediéndose en Colombia desde hace muchos años, se oían rumores de que eso sucedía en el campo, pero la Colombia urbana prefería desentenderse de la tragedia, a pesar de que tres millones de desplazados llegaron a las ciudades con sus historias de dolor y muerte. Pero lo más grave no es que la sociedad hubiera cerrado los ojos ante la barbarie paramilitar, sino que una parte de ella llegó a aceptarla, e inclusive a justificarla como un remedio doloroso, pero necesario para combatir el mayor que era la guerrilla, para devolver la seguridad a los campos y poder volver a transitar por las carreteras de todo el país.

Es lo que Hannah Arendt llama la "Banalización del mal", ese proceso en que las atrocidades más grandes de la historia, como el Holocausto del pueblo judío en la II Guerra Mundial, no son realizadas por sicópatas, sino por gente ordinaria que se siente participando en una empresa normal. En ese proceso de 'normalización' de la barbarie, una parte de la sociedad llega a aceptar la premisa que así es como se deben hacer las cosas y deja de cuestionarlas. Es sorprendente constatar que aún ahora que se revelan los extremos de sadismo y brutalidad de los paramilitares, todavía hay gente que los sigue justificando como una reacción contra la guerrilla.

La esperanza para el año nuevo es que el país pueda avanzar hacia la paz y la sanación de las profundas cicatrices que ha dejado este conflicto. Para ello, ojalá se llegue pronto al Acuerdo Humanitario que permita la liberación de todos los secuestrados por la guerrilla, la justicia continúe su tarea de destapar los crímenes de los paramilitares, y sus víctimas obtengan la reparación que merecen. 

Mauricio Cabrera Galvis

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