En el año 2003, Felipe Fernández -Armesto, escribió con este título un interesante libro en donde sostiene que no existe una sola América. Aunque entre los siglos X y XVIII se mantuvo un concepto unificador, la realidad mostraba un continente con una gran variedad política y cultural.
Un desarrollo distinto en los ámbitos de la economía (adaptación a las cambiantes condiciones de la economía global), la política (alto grado de estabilidad) y la sociedad (capacidad de organización de la sociedad civil), provocó que en los siglos XIX y XX se entendiera que existían dos Américas, una en el norte y otra en el sur, en la cual existía la primacía de la primera con relación a la segunda.
Sin embargo, advierte que "la diferencia es o bien un episodio breve y no característico de la historia común, o bien un hecho predecible y contenible de pluralidad esencial de un hemisferio siempre caracterizado por la diversidad, que a veces favorece a una región y otras veces a otra".
Fundamenta esa afirmación demostrando cómo en las Américas precolonial y colonial, al menos hasta el siglo XVII, la 'superioridad' estuvo en el sur. La base de estas diferencias obedecía a factores medioambientales que se explican por la profusión de centros de civilización en Mesoamérica y América del Sur, donde los mayas y los incas, fueron los más representativos, a pesar de que el continente había comenzado a ser poblado desde el norte.
Al llegar la Independencia, mientras en la América española reinó el caos, el empobrecimiento y la sumisión al militarismo más reaccionario, en el norte surgió un país fuerte y prospero económicamente.
La pregunta que surge es si ¿América Latina en la actualidad está preparada para alcanzar y superar a sus vecinos del norte? Aunque existen factores favorables originados en cambios demográficos y aumento de las oportunidades económicas, la respuesta, sin embargo, es negativa a la luz de los últimos acontecimientos que se han presentado en la región y que culminaron en la reunión de Unasur en Bariloche, los cuales se han venido gestando de tiempo atrás.
El espectáculo que dieron nuestros mandatarios no hubiera podido ser más lamentable, y constituye la mejor prueba de inmadurez de la región. Primaron los intereses egoístas, de corto plazo, sin que exista una visión de conjunto que permita a la región recuperar el tiempo perdido en los planos político, económico y social.
Se demostró que Unasur no existe como una organización capaz de liderar la integración de la región. Es apenas un foro para pronunciar discursos que caen al vacío y que demuestran la profunda división en que se encuentran sus gobiernos.
Para cumplir funciones de carácter político había bastado el Grupo de Río, sin embargo, no se utilizó éste último para dar más protagonismo a Brasil, y, en menor medida, a los países del Alba.
Estos últimos, consideran a Unasur como complemento de la alternativa bolivariana para la incorporación soberana de la región a los ámbitos mundiales y un espacio de defensa de los sectores populares de los países involucrados.
Brasil, por su parte, quiere convertirse en actor mundial y regional, y quitarle en este último caso, el liderazgo a E.U. Cuenta para ello con una economía emergente, es miembro del G-20, actor importante de negociaciones de la Organización Mundial de Comercio, candidato a un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y con nuevas reservas de petróleo que fortalecen su perfil global.
Pero para que su accionar prospere en América Latina debe jugar, simplemente un papel de primus inter pares.
emece1960@yahoo.com
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