Desde la época de Lord Keynes en Inglaterra, los operadores de los mercados bursátiles tuvieron mucha influencia en la formación de expectativas y siguen teniéndola en todo el mundo. Sin embargo, el problema central de la información de estos operadores consiste en que está sesgada por el propósito de realizar utilidades de corto plazo. Colombia no escapa a la influencia de las opiniones de algunos operadores del mercado de divisas y de valores, que transmiten su nerviosismo a los agentes económicos y con frecuencia señales equivocadas. Así que es preciso combinar la información de estos agentes con los centros de pensamiento especializados.
Es lógico que, después de haber tenido un período de crecimiento de la economía global a tasas de más del 5 por ciento y, del crecimiento del comercio internacional a tasas del 12 por ciento en esta década, una desaceleración de la economía de Estados Unidos en buena medida producida por los problemas del sistema financiero, transmita nerviosismo a los mercados. Pero esta vez todo depende de lo que ocurra en las economías emergentes particularmente de Asia, que pueden contrarrestar la desaceleración americana.
En el frente interno, después de un crecimiento del PIB colombiano del 7 por ciento el año pasado, el más alto en 30 años, estaba anunciada una política sana del Banco de la República de desacelerar este crecimiento con el fin de evitar el desbordamiento de la inflación, por un exceso de la demanda global sobre las posibilidades del PIB potencial que es del orden 5 por ciento. Por supuesto, a las empresas les gusta seguir creciendo a tasas elevadas, pero lo que importa aquí es la sostenibilidad del crecimiento. Debe mencionarse también que el comercio con Venezuela está amenazado este año, así como las perspectivas de aprobación del TLC.
También en el frente interno se ha venido acelerando la inflación y se viene presentando un déficit en cuenta corriente de 4 puntos del PIB, que ha podido ser financiado principalmente con recursos provenientes de la inversión extranjera. En este contexto, también es natural que se presente incertidumbre en los mercados. Se ha argumentado abundantemente en los últimos años, que Colombia debería prepararse para una etapa de caída en el ciclo económico, generando un superávit fiscal que le permitiera abrir un espacio para la época de las vacas flacas. Sin duda alguna, el panorama de las finanzas públicas ha mejorado en los últimos cinco años, pero no suficientemente como para proponer subsidios a sectores de la producción que entren en detrimento por factores de la economía real.
Pese a las amenazas en el frente interno y externo, los índices de confianza del consumidor y de los negocios se encuentran en su nivel más elevado. Aunque el Índice de Confianza del mercado de la Encuesta de Opinión Financiera de Fedesarrollo (EOF) cayó en enero, el sector financiero muestra un gran fortalecimiento. Lo cierto del caso es que, pese a la turbulencia de este año, persisten manifestaciones de interés de inversionistas extranjeros por invertir en Colombia.
A pesar de la vulnerabilidad fiscal, nada ha ocurrido hasta ahora, ni en el mercado mundial ni en la economía colombiana, que impida que con la persistencia de buenas políticas, la economía colombiana siga creciendo a tasas del 5 por ciento, que son tasas elevadas para nuestra trayectoria histórica. En este contexto, el nerviosismo de los mercados no debería ser la base para trazar las buenas políticas del futuro.
El esfuerzo de largo plazo debería orientarse a fortalecer la competitividad de los sectores exportadores, a generar nuevas oportunidades en el mercado mundial que permitan sostener el crecimiento y mejorar el empleo, y a fortalecer el sistema político democrático amenazado por varios frentes.
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