Algunos funcionarios del Gobierno han dado altisonantes declaraciones proclamando que Colombia está blindada contra el espectro del hambre y de la carestía de alimentos que ronda por el mundo en estos días.
Todo depende, naturalmente, de lo que se entienda por 'estar blindados'.
Si con ello, se quiere decir que en el horizonte del país no se observa el riesgo de una hambruna como la que ha tocado las puertas de varios países africanos o de Haití, tienen razón.
Pero si por 'estar blindados' se quiere decir que Colombia está al abrigo de todo coletazo frente a la monumental alza del precio de los alimentos que vive el mundo, están rotundamente equivocados.
La llamarada de los precios internacionales de los alimentos y de algunos insumos básicos de la agricultura como los fertilizantes tiene un indiscutible efecto sobre la inflación, sobre la productividad del campo y sobre la distribución del ingreso en Colombia.
El alza en los cereales, durante el último semestre, alcanza guarismos del 100 por ciento y más. Es evidente que la crisis de la comida cara tomó de sorpresa a todo el mundo.
A las grandes potencias, que hasta hace poco estaban reduciendo irresponsablemente sus presupuestos de ayuda alimentaria hacia el tercer mundo. Y a las Naciones Unidas y a la misma FAO, cuyos programas de ayuda alimentaria deben afrontar la crisis completamente desfinanciados.
Todos los análisis que se hacen coinciden en que el problema, más que de oferta -hay suficientes cosechas e inventarios en el mundo- es de demanda.
La gente más desvalida de los países más pobres no dispone de ingresos suficientes para adquirir una canasta equilibrada de alimentos.
De allá que el hambre acosa, según cálculos recientes, a un 18 por ciento de la población del mundo. Mucha gente está teniendo que destinar un porcentaje agobiantemente alto de su ingreso para comprar comida.
En Colombia, por fortuna, esta monumental crisis de los alimentos no debería traducirse en hambruna. Pero es evidente que algunos de los alimentos o materias primas importadas se han encarecido de manera dramática o están a punto de hacerlo.
Ciertos precios internos no se podrán mantener aislados de lo que está aconteciendo en los mercados internacionales (como es el caso de la leche) so pena de desa- lentar la producción nacional, como está aconteciendo en Venezuela o en Argentina.
También es evidente que algunas cadenas, como la avícola o la de los concentrados pecuarios, al tener una clara dependencia de insumos importados, verán afectados sus costos. Y tendrán, por tanto, que ajustar precios.
En un mundo interconectado como el actual, es imposible pretender que podemos mantenernos aislados. Contra la globalización no hay blindajes -para bien o para mal- que valgan.
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