Asordinados por los tambores de la guerra que han hecho oír las atorrantes decisiones de Chávez y del Ecuador de movilizar tropas hacia nuestras fronteras, han sonado también los de la carestía. Que se escucharon con los datos de inflación correspondientes al mes de febrero.
La inflación va mal en el país. Entre enero y febrero el incremento de precios se ha devorado más del 50 por ciento de la meta que para todo el 2008 tiene fijada el Banco de la República.
A pesar de que los primeros trimestres del año siempre son más fuertes que los segundos, por razones estacionales, todo hace pensar que vamos hacia un incremento de precios muy fuerte este año. Con todos los efectos desestabilizadores que ello implica.
El fenómeno no es solo colombiano. Prácticamente todos los países latinoamericanos están experimentando índices inflacionarios por encima de las metas de sus bancos centrales. El caso más protuberante es el de Chile, donde la inflación está registrando guarismos del doble de la meta. Definitivamente, el mundo está entrando en una época de alimentos e hidrocarburos caros.
¿Qué hacer? El Banco de la República se enfrenta a una grave disyuntiva: seguir elevando las tasas de interés, lo que iría en contravía de lo que está aconteciendo en otros países como Estados Unidos, y exacerbaría las fuertes revaluaciones que gravitan sobre la economía colombiana. O quedarse impasible frente a los cabeceos inflacionarios.
Desde hace algunos años el Banco de la República se embarcó por el camino llamado 'inflación objetivo', que predica como único instrumento para combatir las alzas de precios la tasa de interés. Pero no hay certeza académica a estas alturas de que ésta sea una estrategia adecuada para los bancos centrales.
Los conduce, de una parte, a tener que disparar con escopeta de regadera: para lograr un objetivo determinado tienen que abrir fuego contra toda la economía. Por ejemplo, para desalentar el crecimiento del crédito de consumo debe elevar las tasas de interés (no solo para ese segmento de cartera), sino para todo el conjunto de actividades. En segundo lugar, los obliga a utilizar una herramienta que puede ser inocua cuando una parte de la inflación proviene del exterior (como está sucediendo ahora con buena parte de las importaciones de alimentos y de fertilizantes). Y, en tercer lugar, obliga a los bancos centrales a renunciar a instrumentos que siempre habían tenido a la mano como son los controles directos sobre el crecimiento de la oferta monetaria (encajes, topes selectivos al crecimiento de los diversos tipos de activos del sistema bancario, entre otros).
En mayo del año pasado el Banco de la República se salió del libreto impuesto por la inflación 'por objetivos', y sacó del cuarto de Sanalejo (donde dormían apaciblemente desde hacía más de una década) el arma de los encajes. Estos han funcionado bien. La liquidez de la economía se ha moderado desde entonces. Y no pasó nada grave con la desviación de la ortodoxia.
Ojalá esta lección la tenga presente el Emisor. Desde luego: el Banco de la República no puede quedarse cruzado de brazos. Su responsabilidad constitucional es la de preservar el poder adquisitivo del peso. O sea, luchar contra la inflación. Pero esta lucha no tiene por qué librarla con un solo brazo y con el otro amarrado a la espalda. Que es a lo que conduce concluir que solo puede librar batallas antiinflacionarias elevando las tasas de interés. No debe olvidar que tiene un arsenal de opciones mucho más amplio a su disposición.
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