Estoy en cordial desacuerdo con quienes atribuyen el inminente triunfo electoral de Barack Obama, únicamente, a la crisis financiera precipitada por los recientes 'lunes negros' manipulados desde Wall Street y a su consiguiente efecto dominó en las bolsas del mundo.
Por el contrario, el triunfo del "sí se puede" y del "nosotros podemos" ha terminado siendo para McCain, frente a un líder excepcional, algo así como una 'muerte anunciada'. Se trata de una ruptura inatajable de tipo generacional, racial, socioeconómico aunque, eso sí, aupada por la codicia y la corrupción del 'capitalismo salvaje' y, obviamente, por la desastrosa gestión de Bush a través de sus voraces halcones.
Con más de 14 puntos arriba, susceptibles de multiplicarse, hoy nadie que sea sensato, duda del inicio de una 'revolución sin sangre' en la hiperpotencia. La vía libre para hacer 'inevitable' lo hasta ayer 'imposible': por un lado, la gran nación propiciando, sin exclusiones de ningún orden, alianzas multilaterales; y, por el otro, venciendo la obsesión hegemónica e imperialista de su extrema derecha. Y, por sobre todo, construir un Occidente más solidario consciente de que, como lo advirtiera el profesor Jenks desde la presidencia de la OIT, "O nos salvamos juntos o perecemos todos".
La historia se repite cuando se pierde la memoria, pero por fortuna, los pueblos se encargan de salir airosos, así sea a última hora, mediante la aparición de conductores fuera de serie. Basta recordar tareas de salvación heroica llevadas a cabo por Roosevelt, Clinton, Kennedy y, hacia el futuro, por un Obama destinado a cambiar la carta de navegación de los E.U. desde el empleo más todopoderoso del planeta.
Quién lo hubiera creído hace apenas unos lustros: un desconcertante líder afroestadounidense, en llave maestra con el eminente internacionalista John Biden, poniendo en jaque al terrorismo, la desigualdad y a una globalización mal entendida y peor aplicada.
Obama es el brillante ideólogo de un capitalismo social con rostro humano. La síntesis de su pensamiento consiste en la búsqueda de un equilibrio que evite el corto circuito propio de una sociedad amenazada por toda clase de tensiones entre lo individual y lo comunitario. Tiene confianza en el rol que debe desempeñar una clase media fortalecida. Como Jefferson confía en la meritocracia y no en la aristocracia hereditaria. Busca reacomodar el sueño americano a los tiempos que corren, y con pragmatismo se ha propuesto asumir el liderazgo unificador de una nación polarizada.
Sabe combinar con talento y puntualidad, sin el menor asomo populista, el desarrollo económico con la libertad y la justicia social. Es dueño, además, de una oratoria moderna -persuasiva y brillante, ajena a la retórica tradicional- con la cual ha rescatado la magia propia de la elocuencia del mismo modo desde una tribuna pública que cuando ejerce su condición de conferencista, catedrático y parlamentario. Ya se ha ganado con justicia el título de ser el más calificado discípulo de Lincoln.
Frisando los 47 años, empieza a cosechar lo que sembrara hace 4 años en su deslumbrante discurso ante la Convención Demócrata, encargada de señalar a Kerry como candidato de su partido. En esta oportunidad memorable se propuso, lográndolo, devolverle credibilidad a los términos 'confianza' y 'esperanza'. Su gran desafió consiste en acreditar y echar adelante la desprestigiada y manoseada promesa del 'cambio'. Mientras llega a la Casa Blanca, la mirada pesimista y gastada de los barones de Washington nos garantizan que así será.
Hace cerca de un año el Washington Post afirmaba con clarividencia que: "En esta Era despreciable y desalentadora, el talento de Obama para proponer soluciones humanas y sensatas lo llena a uno de esperanza".
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