Colombia acaba de conmemorar los sesenta años del magnicidio de Gaitán, fecha trágica que seguirá marcando nuestra historia patria con un 'antes' y un 'después'.
Ahora, cuando tanto politólogo de pacotilla abusa de los calificativos izquierda, derecha, centro, socialdemocracia, entresaco algunas líneas del perfil que escribiera para la publicación de sus Obras Selectas en la colección Pensadores Políticos de la Cámara de Representantes.
El caudillo (1899-1948) estaba hecho, física y moralmente, a imagen de su pueblo mestizo. En realidad, su figura lo tipificaba con su cuerpo de talla mediana, macizo y elástico. Su cara morena y tallada, rotunda en sus líneas como tajo de sílex: rostro de cacique precolombino. Su ademán era portador de aquella fuerza interior que, viéndose ante el reto continuo, se comunicaba espontáneamente con los más recónditos reclamos de los desheredados. Su personalidad irradió siempre la potencia del carisma, y este hechizo bastaba para movilizar al lumpen conjuntamente con el proletariado auténtico hasta convertirlo, a través de su sacrificio, en el Prometeo de los humildes.
Supo fundir la materia de los desplazados en los crisoles de la pasión revolucionaria. Y los purificaba, extrayendo de aquella masa amorfa, disponible para cualquier aventura, sus combatientes más disciplinados. Así cohesionó sus huestes de descamisados, años antes de que el 'peronismo', en el país austral, convocara a los suyos llamándolos con el nombre de su resentimiento.
Gradualmente fue despertando con sus lemas, tan elocuentes como elementales, las reservas ancestrales del alma popular. Las multitudes se abrían a su verbo como jamás lo hicieran con nadie y, tal vez, como ni siquiera ese pueblo, ante sí mismo, supiera que fuera posible tal magnetismo. Era una 'entrega' hasta el límite de la voluntad individual, y esto quedó demostrado en dos fechas memorables : el 7 de febrero de 1948, durante la 'marcha del silencio', cuando cerca de doscientas mil personas le prometieron al jefe guardar un silencio unánime, durante varias horas; y el 9 de abril del mismo año, cuando el dolor y la ira lo despeñó por millares a la muerte, gritando el nombre que les fue tan sagrado, entre borbollones de sangre y en contravía del más rudimentario instinto de conservación.
Se había erigido en el médium de la conciencia colectiva en el momento en que ésta despertaba, por vez primera, en nuestra historia. Antonio García, riguroso analista del dirigente y su legado, afirma: "El 9 de abril no fue una revolución social, como muchos neciamente lo afirman: fue el sismo de un pueblo conmovido por el asesinato de su propia voz, de su imagen, de su anhelo justiciero, de su medium".
Hoy sus planteamientos como tribuno no siempre resaltan por su diafanidad. Con frecuencia parecen vagos y aún contradictorios. Según lo apunta Gerardo Molina, si André Maurois escribió que el cerebro de Voltaire "era un caos de ideas claras", de la oratoria de Gaitán cabría decir que "era un resplandor de ideas oscuras".
La simpleza teórica de sus arengas y consignas desaparecía en él cuando, en el artículo o el foro, concentraba su pensamiento en torno a postulados de verdadero alcance filosófico y científico. Sus reflexiones sobre la esencia de la sociedad contemporánea y la naturaleza del delito y la pena, merecieron en su época el reconocimiento de los medios intelectuales de toda América Latina.
Mientras en el Parlamento con su oratoria revestía sus contenidos éticos y sociales con el efectismo del tribuno, en la cátedra, al margen de las turbulencias del combate, convocaba a la academia con la autoridad emanada de sus estudios, experiencia profesional y su condición de discípulo preferido de Ferri. Sin duda, su impronta histórica nunca desaparecerá.
PUBLICIDAD