EL PORTAL DE ECONOMÍA Y NEGOCIOS
Si la historia del mundo fuera no más que la biografía de los grandes hombres, como sostenía Carlyle, nada de arriesgado tendría afirmar, desde ahora, ocurra lo que ocurriere electoralmente, Barack Obama está ya insertado como protagonista y conductor de vanguardia de la hiperpotencia y, por consiguiente, hacia adelante será punto de referencia obligado de la política a nivel planetario. Así de sencillo. Como lo expresara el Gobernador de Nuevo México en su adhesión de última hora, se trata de un líder de aquellos que los pueblos repiten de cuando en vez.
Apenas frisando los 46 años, ha empezado a cosechar lo que sembrara hace cuatro en su discurso central ante la Convención Demócrata encargada de señalar el candidato presidencial de su partido: devolverle credibilidad al término 'esperanza' y acreditar de nuevo la desprestigiada promesa del 'cambio'. Encarna una verdadera revolución sin sangre, según el Washington Post, "en una era despreciable y desalentadora con soluciones humanas y sensatas".
En tiempo récord ha logrado, con talento, sintonía y visión, que su candidatura de 'imposible' se convirtiera en 'inevitable'. No fue, entonces, un juego de palabras cuando invitó a su nación a cambiar el miedo por la esperanza. Tal como lo sostiene el editorial del New York Times "Obama es un político distinto, uno que realmente sabe escribir de forma conmovedora y genuina".
Su triple condición de afroestadounidense, vocero de una generación joven y lejano a los aparatos oficiales de Washington, en vez de ser obstáculo hoy lo catapulta para aspirar, con válidos argumentos, a despachar desde la Casa Blanca. Su mensaje como 'unificador' de la nación ha calado muy hondo en las mayorías de una sociedad pluralista que recuerda, con horror, las atrocidades de la Guerra de Secesión.
Sus títulos en Harvard y Columbia, lo mismo que su incansable acción política -acostumbra convocar a consejos comunitarios- sirven para demostrar que la experiencia y el acierto no se miden necesariamente en años sino, también, en competencia y rendimiento. Cuenta, además, con el don de la oratoria moderna, conciso y brillante, dialéctico y didáctico, que se gana la audiencia desde la salida: analistas rigurosos lo califican entre los más elocuentes de que se tenga memoria en los E.U.
Aquí en Buenos Aires, se sigue vendiendo como pan su segundo libro intitulado La Audacia de la Esperanza, (Editorial Península). Quien lo comienza difícil le resulta no leerlo y estudiarlo hasta su fin. Entre comillas resalto uno de sus planteamientos que, por razones obvias, interesa a los colombianos. Dice textualmente: "Nuestra dependencia del petróleo no afecta solo a nuestra economía, sino que perjudica gravemente nuestra seguridad nacional. Gran parte de los 800 millones que gastamos en petróleo extranjero cada día van a parar a algunos de los regímenes más volátiles del mundo, como Arabia Saudita, Nigeria, Venezuela y, de forma indirecta, a Irán. Les damos nuestro dinero, porque necesitamos su petróleo, sin que nos importe que sean regímenes despóticos que proyectan desarrollar armas nucleares o hervideros de madrazas que plantan la semilla del terrorismo en las mentes de los jóvenes".
Como Jefferson, confía en la meritocracia y no en la aristocracia hereditaria. El mundo está, pues, frente a un fenómeno político con muy pocos antecedentes.
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