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Iván Duque Márquez

Los muros de la opresión

Publicado el 05-11-09

Cuando el año 1989 empezó, el mundo se disponía a conmemorar 200 años de la Revolución Francesa. Mientras las imágenes de figuras como Danton, Robespierre, Marat, Mirabeau o Desmoulins eran revividas para interpretar las consecuencias de aquel movimiento reivindicatorio de las libertades individuales, se fraguaba silenciosamente una revolución que transformaría la historia del siglo XX. Esta vez, contra cualquier vaticinio y comandados por líderes anónimos, cuya única arma fue su perseverante ansiedad de autonomía, el imperio soviético sería derrotado por el rechazo colectivo al totalitarismo y al dogma, según el cual el Estado puede unilateralmente someter la voluntad de los ciudadanos.

La Revolución de 1989, que condujo a la caída de una 'cortina de hierro' que pretendió dividir el mundo entre la libertad y el miedo, fue distinta. Se trató de un levantamiento global en el cual los sucesos de una sociedad iban enardeciendo los ánimos de otra, como si se tratara de un preludio sinfónico. Las imágenes de la masacre de cientos de jóvenes en la plaza de Tiananmen de Beijing, aquellos 3 y 4 de junio del mismo año, y el enfrentamiento solitario, días después, de un transeúnte desconocido a una hilera de tanques chinos, dispuesto a ser aplastado antes que dejar de expresar sus principios, le dieron la vuelta al mundo.

Ante esos actos y el repudio mundial a la barbarie totalitaria, la Unión Soviética y su líder de entonces Mikhail Gorbachev entendieron que reprimir al pueblo apelando a la demoledora capacidad destructiva del Ejército Rojo sería un suicidio político.

Fuera de eso, la actitud desafiante del recién designado primer ministro de Hungría, Mikklós Németh, al abrir el paso fronterizo con Austria, facilitando la migración ansiosa de miles de familias cautivas en las fronteras de Alemania oriental hacia el reencuentro con la libertad, creó una nueva fisura en un régimen que nunca se percató de su agonía.

Los movimientos sociales en Polonia, liderados por Lech Walesa, y los clamores incesantes de activistas en todo el mundo, presionaron para que el Gobierno de Alemania oriental, a través de un vocero llamado Günter Schabowski, anunciara el libre paso fronterizo de sus ciudadanos. Gracias a eso, el 9 de noviembre de 1989 será siempre recordado como el día en que las fronteras de la arbitrariedad comunista fueron derrumbadas por el fervor de la sociedad abierta.

Han pasado veinte años desde aquel día y aunque se han ido cayendo las paredes de la infamia en sus distintas manifestaciones, en algunas regiones -y Latinoamérica no es la excepción- hay líderes que siguen construyendo muros de intimidación, autoritarismo y constreñimiento de las libertades individuales. También subsisten grupos terroristas sin rumbo, sin ideologías que pretenden congelar el reloj de la historia añorando la anacrónica brújula doctrinaria soviética. Para ellos, su suerte ya está cantada y sólo es cuestión de tiempo.

Al ver nuevamente las imágenes de personas jubilosas derribando el Muro de Berlín, coordinados por el deseo de ser dueños de sus destinos y sin ideología distinta a la libertad individual, es preciso recordar, como diría Thomas Jefferson, "que cuando la gente teme al Estado hay tiranía y cuando el Estado teme a la gente hay libertad". Fue la gente quien en 1989 derrotó la opresión, y lo seguirá haciendo cuantas veces sea necesario.

ivanduquemarquez@gmail.com

Iván Duque Márquez

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