Durante las últimas semanas los principales diarios de E.U. han sido el campo de de una interesante batalla intelectual. El motivo de enfrentamiento gira en torno a las crecientes expectativas de inflación para la economía norteamericana en el mediano y largo plazo. Los grupos se han dividido entre los 'alarmistas' (aquellos que alertan sobre los potenciales peligros inflacionarios y la necesidad de enfrentarlos) y los 'conformistas' (quienes no ven esos peligros o simplemente los minimizan).
La pelea es de gran nivel. En el bando de los 'conformistas' está el último Premio Nobel de Economía, Paul Krugman. Para este último las alarmas que se han prendido a raíz del aumento en las tasas de interés para los bonos de largo plazo, emitidos por E.U., deben ser menguadas. Entre sus argumentos está que hasta la fecha no hay evidencias reales de presiones inflacionarias en la economía, mientras el desempleo ha aumentado, los salarios se han estancado y los precios al consumidor se han reducido en comparación con el año anterior. Bajo esos elementos Krugman sostiene que el peligro es la deflación y no lo contrario.
En el grupo de los 'alarmistas' también hay pesos pesados.
Figuras como el ex subsecretario del Tesoro John Taylor o el reconocido historiador económico Niall Ferguson hacen parte de sus filas. Entre el arsenal de argumentos hay algunos interesantes. Para ellos, la agresiva expansión fiscal emprendida por la administración Obama, junto con la gigantesca adquisición de deuda pública y privada por parte de la Reserva Federal, ha disparado en los mercados las expectativas de inflación. A juicio de este bando, si se llega a percibir un enfoque de 'tolerancia inflacionaria' como mecanismo para reducir el peso de la deuda, se puede presentar una depreciación del dólar con efectos nocivos en los mercados internacionales.
Entre los testimonios más claros de los 'alarmistas', para rebatir a Krugman, está que ningún país con un elevado déficit fiscal, una rápida expansión en la oferta de dinero y una proyección de devaluación, ha descendido en una deflación. Más bien, el peligro ha sido el de caer en las redes de un incremento acelerado de precios.
Según el respetado académico y autor de la Historia de la Reserva Federal, Allan H. Meltzer, una vez se perciban efectos de inflación, se debe evitar que la situación de 1979 se repita. Este comentario hace alusión a la política de expansión monetaria que la Reserva Federal empleó para evitar una recesión, en momentos de presiones inflacionarias y que, a pesar de sus buenas intenciones, condujeron a varios años de baja productividad y desempleo.
Por más respetables que sean los argumentos del Paul Krugman, quienes han prendido las luces de alerta parecen tener razón. De hecho, Ben Bernanke ya rompió su silencio frente al déficit fiscal y pidió a la Casa Blanca ir pensando en soluciones de mediano plazo. Es verdad que por ahora la inflación no se ha asomado, pero cuando empiece a surgir, la Reserva Federal deberá mostrar independencia frente a las presiones políticas y controlarla aumentando las tasas de interés.
Esto aunque haga la recuperación de la crisis más lenta, es lo correcto para evitar peores males. Frente a ese escenario, vale la pena irse preparando, pues por más duro que resulte, es preferible a beber, como en otras épocas, venenos inflacionarios.
IVAND@iadb.org
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