Durante los últimos días se han escuchado voces de analistas señalando que lo peor de la crisis económica ha terminado. Para ellos, el proceso de recuperación está iniciándose y son enfáticos en cuestionar a quienes con consternación creen que la situación está lejos de tocar fondo. Consideran que su continuo pesimismo no hace otra cosa que alimentar el sentimiento colectivo de catástrofe y deteriorar la confianza de los consumidores e inversionistas, quienes a la espera del 'día del juicio final' se abstienen de gastar e invertir.
Aunque el mundo nunca hubiera progresado sin la terquedad de los optimistas, es importante que este sentimiento sea dosificado por las evidencias que arroja la realidad. Sin una adecuada dosis de realismo muchos gobiernos de economías emergentes creerán que en cuestión de un año la economía mundial estará nuevamente en una senda de expansión y optarán por políticas fiscales expansivas bajo el rótulo de 'contra-cíclicas'. Lo grave es que si la recuperación de la economía mundial toma más tiempo, los gobiernos que se embelesen de optimismo tendrán que mantener su expansión del gasto por más tiempo del esperado, trayendo consigo un peligroso deterioro de las cuentas fiscales y el regreso a la tragedia de la insostenibilidad de la deuda.
Con ocasión de las reuniones de primavera del Banco Mundial y el FMI este fin de semana, se han publicado algunos documentos que contribuyen a ver la realidad con los pies en la tierra. Por un lado, el reporte sobre el Panorama Económico Mundial señala que la recuperación de la actual crisis financiera será más lenta de lo anticipado debido a la contracción de la demanda mundial y al deterioro de las condiciones crediticias en las economías más grandes. Vale la pena recalcar el llamado de alerta que el mismo reporte realiza para aquellos países que con altos niveles de deuda pública esperan aventurarse a planes de estímulo, pues tarde que temprano pueden terminar con el agua al cuello.
En cuanto al Reporte de Estabilidad Financiera Mundial se hace evidente que el desapalancamiento del sistema financiero internacional, aunque las medidas anunciadas por el G-20 funcionen al pie de la letra, será doloroso y traerá riesgos de refinanciamiento de la deuda externa pública y privada de las economías emergentes.
Aun si los optimistas persistieran en sus juicios vale la pena evaluar el documento publicado en enero por los reconocidos académicos Carmen Reinhart de la Universidad de Maryland y Kenneth Rogoff de Harvard con el nombre de 'Después de las crisis financieras'. En él se aprecia que estos episodios traen en promedio una caída del 35% en el valor de la propiedad raíz que tarda al menos seis años en recuperarse, mientras el desempleo tiende a aumentar en promedio un 7% y toma cerca de cuatro años en descender.
Antes de aventurarse a expandir el gasto público de manera desordenada, creyendo que la recuperación de E.U. será rápida, las políticas 'contracíclicas' en America Latina deben ser coherentes con las evidencias sobre los efectos que la crisis tendrá en la demanda agregada mundial. Tomar decisiones de fondo para hacer más flexibles las políticas presupuestales y laborales, aunque sean impopulares son necesarias para garantizar la sostenibilidad fiscal y proteger el empleo.
Embriagarse de falso optimismo sin resolver problemas estructurales, cuando todo indica que la recuperación será lenta y el acceso a crédito difícil y costoso, puede hacer más larga para América Latina lo que ya es una horrible noche.
ivanduquemarquez@gmail.com
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