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Iván Duque Márquez

La temible L

En medio de la crisis económica internacional la mayoría de analistas se ha divido, hasta hace muy poco, en dos bandos. Por un lado, están aquellos optimistas que ven la actual recesión con la forma de la letra V, sugiriendo que el crecimiento se contraerá, pero una vez toque fondo los niveles de crecimiento se recobran aceleradamente.

El otro bando se podría definir como los pesimistas moderados. Estos últimos consideran que la actual recesión mundial tendrá forma de U. Es decir, una contracción del crecimiento con un proceso de recuperación un poco más lento, pero que una vez genera las correcciones necesarias, retoma el dinamismo previo a la crisis.

Lo grave es que a estos dos bandos les ha aparecido un grupo creciente de analistas que ven la recesión en forma de L. Para ellos, lo que está ocurriendo es una contracción económica, que vendrá seguida por un largo período de estancamiento, que probablemente tome varios años en recuperarse.

¿Cuáles son los fundamentos de este pesimismo? El documento preparado por el Banco Mundial con el nombre de 'Nadando contra la marea', que servirá de referencia para la discusión que tendrán los ministros de Hacienda y banqueros centrales del G-20 este fin de semana, permite identificar la profundidad de la crisis. La producción industrial mundial disminuyó en un 20 por ciento durante el último trimestre del 2008, el PIB global muy probablemente se enfrentará a su mayor caída después de la Segunda Guerra Mundial y el comercio internacional tendrá su peor desempeño en ochenta años.

Otro de los datos que contribuye al pesimismo y que permite pronosticar lo prolongado que será la recuperación, es la pérdida de riqueza que deja la actual crisis. En un documento publicado hace pocos días por el Banco Asiático de Desarrollo se estima que la pérdida mundial de capital, medido por el valor de activos financieros, supera los cincuenta trillones de dólares. Ni más ni menos, que aproximadamente el PIB mundial.

¿Qué nos enseña el panorama? Por un lado, que la expansión de la economía mundial durante los últimos años estuvo jalonada en alguna medida, por el consumo excesivo e insostenible de los hogares estadounidenses, quienes se endeudaron mucho más de su capacidad de pago, y hoy se enfrentan a la mayor pérdida de valor en la propiedad raíz desde la gran depresión. De otro lado, el desapalancamiento del sistema financiero internacional se traducirá en menor oferta crediticia y la reestructuración del sistema financiero en varias de las principales economías. Para rematar, gran parte de los países en desarrollo, cuyo crecimiento depende del comercio internacional quedarán expuestos a serias dificultades sin contar con la demanda interna necesaria, ni la capacidad del Estado para compensar la caída en las exportaciones.

¿Quién podrá entonces asumir un déficit prolongado que recupere la demanda mundial? Sin duda, Estados Unidos no podrá hacerlo sólo, y todo parece que ni la Unión europea ni China están dispuestas a más paquetes de estímulo. Fuera de eso, son pocos los países desarrollados con capacidad fiscal suficiente para expandir por un periodo prolongado el gasto estatal sin debilitar sus finanzas públicas y generar desconfianza inversionista.

Según Nouriel Roubini, el mismo que predijo la crisis hace dos años, las probabilidades de enfrentar una recesión en forma de L es de una entre tres, lo cual demuestra que estamos lejos de ver una recuperación y que América Latina debe prepararse, a pesar del optimismo que muchos predican, para años muy difíciles. 

Iván Duque Márquez

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