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Gonzalo Palau Rivas

El vía crucis del eje ambiental

Publicado el 24-08-09

Durante la segunda administración de Antanas Mockus (2001-2003), se llevó a cabo la reconstrucción de la tradicional Avenida Jiménez, que en Bogotá conecta el populoso sector de San Victorino con el tradicional barrio de Las Aguas, bordeando los límites de la histórica zona de la Candelaria. El propósito inicial de esta obra -conocida como el Eje Ambiental- fue el de dotar al centro de Bogotá de una vía de tránsito peatonal que contribuyese de manera efectiva al gran propósito de recuperar toda el área del centro de la capital, en mala hora entregada al abandono y al olvido.

Recordemos que Bogotá tiene a nivel mundial el dudoso privilegio de ser la ciudad capital que más ha descuidado y desmantelado su centro histórico, contrario a lo que tradicionalmente ha ocurrido con las principales metrópolis del mundo entero. Si no fuese por la presencia aún del Banco de la República y de algunas de las más prestigiosas universidades locales, el centro de Bogotá sería una verdadera caja negra y reducto de edificaciones derrumbadas o gravemente deterioradas.

Más que por las desmedidas tasas de interés o por el deficiente servicio a sus usuarios, el mayor juicio que la historia tendrá que hacerle al sector financiero colombiano es el de haber causado un gran menoscabo a la capital como resultado de ese plan, no declarado, pero sí consistente y persistente, que condujo a trasladar sus oficinas principales a lugares más cómodos y supuestamente, exentos de los peligros y riesgos del centro de la ciudad.

Con la construcción del eje ambiental a lo largo del trayecto arriba señalado, la administración del Alcalde visionario pretendió enviar un mensaje en el sentido de que Bogotá podía recuperar su lugar de origen y hacer de él un espacio amable y habitable. De ahí, que fuese concebido como un lugar de esparcimiento y de uso peatonal.

Paradójicamente, la siguiente administración, liderada por el colombiano que, supuestamente más sabe y conoce de los temas inherentes al desarrollo urbano, y a quien las encuestas favorecen, pero las elecciones castigan, resolvió cambiarle el uso y permitir irracionalmente el paso de los articulados de TransMilenio, siendo de simple sentido común percatarse que el material con que había sido construida la obra, por aquello de las losas, no iría a resistir ni quince días de un uso, a todas luces indebido.

Los tres años siguientes -los de la 'Bogotá sin indiferencia'- se fueron en aplicar pañitos de agua tibia remendando hoy la tronera que ayer se había destapado y con permanentes interrupciones en la prestación del servicio. En otras palabras, ni sendero peatonal como quiso su inspirador, ni medio de transporte como se le ocurrió al 'planificador'. El peor de los escenarios, como suelen decir los economistas.

Finalmente la administración del actual Alcalde -a quien las encuestas realizadas entre los bogotanos que nunca traspasan la calle 72 hacia el sur, no favorecen- decidió coger el toro por los cuernos y en seis meses reconstruyó toda la vía utilizando material resistente, pero conservando su aspecto exterior de contenido artístico.

¡Enhorabuena! por la reapertura de esta vía para beneficio de la gran masa de ciudadanos, que por distintas razones nos movilizamos en el olvidado centro de la ciudad, y para sorpresa de los que piensan que la vida de la capital transcurre únicamente entre el Centro Andino y el Parque de la 93.

Gonzalo Palau Rivas

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