Supe de Luis Carlos Galán en 1970 cuando ingresé a la Universidad. Él acababa de ser nombrado Ministro de Educación. Recuerdo que durante su ministerio se vivió una importante huelga estudiantil con participación de las universidades públicas y algunas de las privadas. Jamás lo conocí, pero durante los siguientes años pude observar la evolución de un personaje que pasó de ser 'un marginado' del establecimiento, al candidato presidencial arrollador que se iba a convertir, sin lugar a dudas, en el Presidente de Colombia.
Su valentía para llamar las cosas por su nombre y su combate al narcotráfico y a la corrupción fue sincera y honesta. Hoy, amigos y enemigos, hablan de él y lo alaban hasta la magnificencia, cuando muchos de ellos fueron sus contradictores y descansaron con su asesinato.
Con su muerte y la de Rodrigo Lara Bonilla, se dio inicio en Colombia a una historia de magnicidios de muchos ilustres colombianos defensores de Derechos Humanos, militantes de la Unión Patriótica, contradictores al régimen, nuevos candidatos presidenciales, periodistas, humanistas, la mayoría de ellos, casi todos, no esclarecidos por la justicia colombiana e, inclusive, con investigaciones desviadas por el Estado colombiano y sus cuerpos de seguridad. Casi un pacto macabro para que jamás conozcamos la verdad, ni los autores intelectuales de los crímenes innombrables e innumerables de esta etapa negra de nuestra historia.
También son veinte años que nos permiten recordar las miles de muertes de colombianos del común que no descansan en las fosas comunes o los hornos de cremación, en los que los actores de la nueva violencia en Colombia pretendían desaparecer las evidencias de su barbarie. También, los muertos en vida: más de tres millones de colombianos desplazados por la violencia paramilitar, guerrillera y de sectores de las fuerzas militares, políticos regionales, narcotraficantes y prestigiosos personajes que han usufructuado el poder político y económico en nuestro país.
El reconocimiento que hace la Fiscalía de cómo el crimen de Luis Carlos Galán se constituye en un crimen de lesa humanidad y, por lo tanto, no prescribe, es un mensaje claro para el país, en el sentido que no prescribirá ninguno de los delitos que fueron parte del 'genocidio' colectivo que ha sufrido Colombia durante los últimos 20 años. Es necesario para nuestra sociedad conocer toda la verdad. No solamente 'parte de ella'.
Algunos pensarán con cinismo que es mejor dejar los muertos quietos. Otros, los más, queremos saber la verdad y que se haga justicia. Algunos pensamos que no hay reparación posible, con dinero no se deberían pagar los muertos. El colectivo no debería olvidar, eso no es sino otra manera de engañar y cohonestar con nuestro silencio la descomposición ética y moral de nuestra sociedad. Los fines nunca justificaron los medios. No es otra cosa que continuar con el 'elogio de la ceguera'.
Por ello, la creación de una 'comisión de la verdad', con la participación de la comunidad internacional y de intelectuales y personajes de la vida nacional alejados del establecimiento, es necesaria y oportuna. No todo puede quedarse en homenajes, picaresca, farsas y recuerdos que serán borrados de la memoria de los colombianos con las noticias de la próxima semana.
PUBLICIDAD