Uno se pregunta el porqué no se acepta el intercambio humanitario en las nuevas condiciones sobre las cuales se ha informado a la opinión pública.
El papel de la senadora Piedad Córdoba ha sido el de una humanista en todo el extenso sentido de la palabra: ha sacrificado cualquier interés personal, con prudencia, discreción y altura, acompañada por el Grupo de Colombianos por la Paz.
Sin ánimo de entrar en polémicas irrelevantes, es necesario recordar que un Acuerdo Humanitario es tan solo eso, un intercambio donde la vida se encuentra por encima de cualquier otra consideración. No es el inicio del proceso de paz, sino una forma de adecuar el conflicto a las normas de los Derechos Humanos y del Derecho Internacional Humanitario.
Pero, ¿por qué no pensar con el deseo? En medio de una profunda crisis económica y social, ¿no habrá llegado el momento de volver a plantear conversaciones para explorar la posibilidad de un proceso de paz? Varios de los actores del anterior proceso, los más recalcitrantes ya desaparecieron, entre ellos Manuel Marulanda. Hoy las Farc se encuentran no solo profundamente debilitadas, sino que una nueva cúpula está al mando.
En Estados Unidos gobierna ahora un humanista no un guerrerista, quien no defiende a ultranza los intereses de las multinacionales: su prioridad es controlar el flagelo de la droga en todas sus manifestaciones. El Plan Colombia, originalmente concebido para la lucha exclusiva contra el narcotráfico, no solo en su componente militar, sino de mejora de las instituciones, apoyo económico y social en la sustitución de cultivos y a los desplazados, entre otros, se convirtió en un programa de lucha contra la subversión y el terrorismo.
Sus resultados al parecer han sido exitosos en la lucha contra la guerrilla, pero no han disminuido ni las áreas sembradas de coca o amapola ni el flujo de droga a los países desarrollados y, sus efectos perversos fueron analizados por el Congreso de Estados Unidos, en donde ya se manifiestan claramente voces contrarias a su continuación con el esquema que hasta ahora se ha utilizado.
Se solicita mayor énfasis en lo social y en el fortalecimiento institucional y menos en lo militar.
Aún recuerdo una bella carta escrita por mi padre a la hija de dos de sus más incondicionales amigos: María Mercedes Carranza, quien murió trágicamente de hastío y desilusión por todo lo vivido y Fernando Garavito, poeta, periodista y escritor, hoy perdido para Colombia ante las amenazas de muerte y en el exilio. Decía Eduardo: "Cambio mi vida por otra vida, pero siempre la vida pese a la muerte".
En medio de la tragedia nacional, de tanta muerte, de tanta tristeza, pero sobre todo rodeados de esa infinita impotencia, tenemos que reafirmar desde la civilidad, la necesidad de volver a hablar de un proceso de paz. Las condiciones objetivas de la guerra han cambiado, aunque no sus causas.
Es hora de volver a profundizar en el análisis de la tramoya colombiana y pensar con el deseo sobre la posibilidad de poner fin al conflicto. La guerra es siempre un fracaso y explorar nuevos caminos no es ni una estupidez ni una falacia.
germanumana201@hotmail.com
PUBLICIDAD