portafolio.com.co / opinión / columnistas / Germán Umaña Mendoza
Tal vez el mayor reto que se presenta en el inmediato futuro es el de, por lo menos, conservar el empleo y el ingreso de los colombianos. Las cifras de desempleo abierto se encuentran creciendo y ya están por encima de dos dígitos, eso sin contar el subempleo y la informalidad. Además se observan a su vez intensas desigualdades regionales. No obstante, llama la atención que una de las ciudades menos golpeadas es Bogotá. Las características de la capital permiten explicar esta situación. Su economía depende del mercado interno, presenta una baja tasa de apertura exportadora e importa esencialmente lo que no produce el país. Se constituye en la gran demandante de otras regiones. Sin necesidad de programas proteccionistas, es claro que Bogotá ejerce el liderazgo en el 'Compre Colombiano'. La disciplina y la institucionalidad en materia fiscal de Bogotá es sana y existe un relativo amplio margen para el endeudamiento, para el gasto y para mantener los compromisos. Eso se explica por la responsabilidad de los contribuyentes con su ciudad y de las últimas administraciones con el gasto, así como las sucesivas reformas que crearon una cultura impositiva. Un riesgo importante para la estabilidad del empleo es la disminución en la construcción de vivienda. Sin embargo, desde lo público, su efecto puede ser aminorado con una correcta política de vivienda social, factor que ha sido un 'lunar' reconocido por administraciones anteriores. No obstante, y de otra parte, la inversión planeada y en ejecución en infraestructura, es realmente importante lo que se constituirá en un factor generador de empleo. El gasto público en Bogotá prioriza este rubro. Además, no se trata simplemente de 'abrir huecos para cerrar huecos', sino que a pesar de las incomodidades, los ciudadanos perciben que serán obras que transformarán para bien la ciudad. Bogotá es también una economía de servicios, en todos los casos atados a la demanda de los hogares y de las empresas. Este sector será uno de los principales afectados por la recesión. Por ello, se debería ser especialmente cuidadoso con los incrementos en las tarifas de los servicios públicos, especialmente las de los estratos bajos y medios y las de consumo empresarial. Lo mismo debería hacerse en educación y salud, hacia donde debe orientarse la inversión y el gasto, por su importancia no sólo como protección social, sino desde el punto de vista de generación de empleo y fortalecimiento de la capacidad humana. Otro de los aspectos críticos será el aumento de la inseguridad, el desplazamiento económico hacia las grandes urbes y las condiciones de pobreza. Si bien los mecanismos asistencialistas deberían permanecer en la actual situación, es evidente que no son sostenibles en el mediano y largo plazo, y Bogotá debería tener un sustituto claro en la formulación de políticas de desarrollo, ingreso y empleo. Es curioso, las fortalezas de Bogotá resultan de su consistente institucionalidad producto de la coherencia en ese tópico, de ésta y las anteriores administraciones, de su mercado interno, de la integración con otras regiones en el país, de la prudencia fiscal, de la cultura impositiva de sus ciudadanos, de sus relativamente bajos niveles de endeudamiento. Qué aburrido decirlo. Todo lo contrario del Gobierno Nacional.
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