Un sueño recurrente que he tenido en las últimas semanas es que pronto se acabará la pesadilla que vive nuestro país y que "todos a una" comenzaremos a pensar como colectivo y a alimentar propósitos conjuntos que permitan a las nuevas generaciones vivir en un país más justo, equitativo y con oportunidades para todos.
Me imagino los recursos de la guerra (entre dineros del erario público y los clandestinos deben representar algo más del 10 por ciento del Producto Interno Bruto) dedicados, entre otras cosas, a un proyecto educativo en el que el objetivo no sea simplemente satisfacer la demanda de los empresarios, el mercado y aumentar la cobertura, sino ampliar la oferta de profesionales de las ciencias humanas y exactas, de tecnólogos que tengan la probabilidad de desarrollar sus conocimientos en las universidades y que éstas reciban bachilleres bien formados, que no sólo aprendan a hacer, sino a pensar y, sean sujetos que logren asimilar los cambios profundos en la ciencia y la tecnología, con profundos valores éticos y humanos.
Sueñen ustedes que en esa transformación comprometeríamos la mitad de los recursos que actualmente se dedican a los gastos de defensa. El 3 por ciento del PIB adicionales para la educación y para aumentar nuestra calidad de pensar y planear el desarrollo.
Me imagino toda la infraestructura y los hospitales de la salud en Colombia prestando nuevamente sus servicios con el exclusivo objetivo de mejorar las condiciones de vida de la población, y no simplemente la rentabilidad, como servicio público y derecho inalienable de todos los colombianos. Dicen por ahí que los recursos que existen alcanzan hasta para eso.
Me imagino ver muchos de los desplazados regresando a su entorno a matar sus pesadillas, con el apoyo de una gran inversión del Estado que contribuya a cumplir objetivos de largo plazo de las regiones y con gobiernos locales fuertes, comprometidos con la población, incorruptibles y producto de la democracia.
No desplazados que poco a poco se gradúan como pobres o en la cultura de la miseria como resultado de los programas asistencialistas que tanto agradan a las instituciones internacionales y a los nuevos populismos.
Pienso en los ingentes recursos del Estado, y sin sarcasmo, en 'los del cumplimiento de la Responsabilidad Social de las Empresas', dedicados a apoyar la recuperación de la dignidad de las víctimas de la violencia, al fortalecimiento y consolidación de los núcleos familiares, comprometidos con la generación de ingresos y de empleo y a las familias dedicadas los fines de semana al ocio creativo, a vivir, reír o llorar y no a asistir a los aburridos y alienantes Consejos Comunales, en busca de una limosna.
Seguiré en otras columnas contándoles mis sueños. Aún a riesgo de que piensen que me he reblandecido con la edad.
La mayor limitante para cumplirlos, que revive en mis pesadillas, es qué vamos a hacer con casi medio millón de colombianos que no saben hacer otra cosa que guerrear, incluidos los jefes. Sin embargo, al final pienso que son tan solo el 4 por ciento del total. Ya veremos. 'Lo pensaré mañana'.
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