Desde hace tiempo está demostrado que pretender montar la política agropecuaria sobre la base de otorgar subsidios a los productores no es sólo un despropósito -alternar con las tesorerías de los países desarrollados no es posible-, sino una alternativa técnicamente inconveniente por las enormes distorsiones que introduce en los mercados. Aunque siempre se esgrime el argumento de la imposibilidad de competir con la producción de las economías desarrolladas, por la magnitud de los apoyos que dan, es una tontería tratar de imitar la misma regla cuando de antemano se sabe que no es posible sostenerla por la carencia de fondos públicos.
Si bien el camino es más largo y, por tanto, el tiempo que se toma la transformación del escenario agrícola es mayor, no cabe duda de que el proceso de cambio económico debe fundamentarse a la calidad de las instituciones, que como lo anota el Nobel de Economía, Douglass North, "es innegable que las instituciones afectan el desempeño de la economía. No se puede negar, que el desempeño diferente de las economías a lo largo del tiempo está influenciado fundamentalmente por el modo en que éstas evolucionan".
La naturaleza de este aserto se puede ilustrar mediante un breve repaso del ascenso y caída de la Unión Soviética. Marx y Engels, proporcionaron el conjunto de creencias que fueron la inspiración revolucionaria de Lenin, al explicar cómo era el mundo y cómo debía ser. En 1917, las circunstancias de una Rusia desgarrada por la guerra brindaron la oportunidad de lanzar un abrupto cambio institucional. El incremento gradual de la compleja matriz institucional resultante de los intensos debates llevados a cabo dio origen a los éxitos -en la industria pesada, por ejemplo- y los fracasos -como en la agricultura- y a los intentos por corregir estos últimos dentro del sistema de creencias de la ortodoxia marxista.
La economía crecía y soportaba el devastador tormento de la invasión nazi y luego el proceso de reconstrucción, la matriz institucional sufrió modificaciones provocadas por estímulos externos o percepciones internas. Las décadas de los años 50 y 60 fueron testigos del rápido desarrollo y la conquista del estatus de superpotencia.
En esa época casi la mitad del mundo se convirtió en socialista o comunista y la percepción generalizada era que estas ideologías marcarían el rumbo del futuro. Pero la cosa no fue así; el crecimiento comenzó a desacelerarse y los problemas de la agricultura se agudizaron. El derrumbe de la Unión Soviética se concretó en 1991, cuando la cuerda no aguanto más. ¿Esta historia es la realidad percibida?, ¿creencias?, ¿instituciones?, ¿políticas? o impresión de una realidad modificada, una y otra vez. Sus claves son la transformación de las creencias a través de la retroalimentación motivada por la percepción de una realidad distinta como consecuencia de las políticas adoptadas, la eficiencia en cuanto a la adaptabilidad de la matriz institucional y las limitaciones de los cambios en las reglas formales como correctivos de los fracasos observados.
Como quiera que el sector agropecuario colombiano necesita que se reduzca la incertidumbre -o dicho de otra forma, que a los avatares del clima no se agregue el del mal funcionamiento de las instituciones- estableciendo una estructura estable, se debe optar por seguir esa ruta y no la de pretender resolver los dolores con medicamentos imposibles de comprar.
rosgo12@hotmail.com
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