Después de oír la perorata pronunciada por el señor Chávez en el podio del recinto que alberga a los delegados de la conferencia anual de la ONU, queda la sensación desagradable de no poder ubicar al extraño personaje en un contexto razonablemente lógico: ¿es un loco de atar que, sin tener las condiciones, se encontró de pronto con la presidencia de un país favorecido por la prosperidad económica, pero abatido por problemas políticos y malos manejos de las cuestiones públicas? O ¿es un raro genio, que con particular estilo avanza por el sendero de la introducción del cambio en las costumbres y el comportamiento de una nación y de una zona geográfica estratégica? Entre los dos extremos, desde luego, hay claroscuros en los cuales se puede ubicar, pero con el riesgo de no saber a ciencia cierta si encaja bien dentro de los respectivos moldes. La incertidumbre es aterradora y por lo mismo preocupante. Si es un loco, no es cualquier loco. Se trata definitivamente de un individuo inteligente, osado y sagaz, con características de ser líder fuerte, pero por supuesto, sin la dimensión intelectual de un estadista.
A diferencia de Fulgencio Batista, el sargento que con sus errores le abrió el camino a los líderes de Sierra Maestra, Chávez sabe lo que quiere y la senda que debe recorrer para cumplir su cometido. En sus actitudes y comportamientos no hay rasgos de improvisación. A pesar de no ser un ideólogo -como lo es Fidel, su mentor de cabecera- es un hombre de acción, estratega político y fundamentalmente militar que quiere y entiende el poder por encima de cualquier cosa.
Si no me equivoco en la apreciación y las cosas son de ese estilo, los contactos que ha comenzado a hacer con Rusia e Irán, en particular con este último país, resultan extremadamente peligrosos para la estabilidad y la seguridad de la región. A este propósito, bien vale la pena recordar el complicado episodio de los misiles de Cuba.
Como se recordará, casi inmediatamente después de haber entrado en La Habana, Castro comenzó a hacer contactos con la Unión Soviética, que llevarían a una alianza militar y económica completa. En 1962, la decisión de la URSS de plantar misiles en suelo cubano dejó al mundo más cerca que nunca de una guerra nuclear. La ulterior negociación de Kennedy y Khruschev sobre el retiro de los misiles a cambio de la garantía, por parte de Estados Unidos, de no invadir a Cuba nuevamente, enmendó la plana, eso sí con el disgusto de Fidel, no sólo por haber sido excluido de la negociación, sino básicamente porque él quería un pacto militar y no un acuerdo sobre los misiles. La realidad fue que los acercamientos con la URSS se convirtieron en hechos cumplidos que pusieron en vilo al mundo.
No cuesta trabajo construir un símil con los factores actuales: ¿es posible, en medio de los incontrolables deseos de Irán de fastidiarle la vida a E.U., que los esquizofrénicos mandatarios resuelvan montar en territorio venezolano una base nuclear con impredecibles consecuencias? Mucho me temo que la probabilidad es bastante alta y de los cohetitos de alcance limitado podemos pasar a estadios más complicados. Sin caer en la paranoia, pero teniendo siempre presente el riesgo, es recomendable no desestimar al pintoresco personaje que tenemos de vecino.
rosgo12@hotmail.com
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