Al leer la nota aparecida en PORTAFOLIO el miércoles 26, podrá el lector desprevenido pensar que para sobrevivir, la agricultura le apuesta a la inflación. El mensaje del encabezado y el contenido inicial: "La baja inflación podría disminuir área sembrada del 2010.
La razón, las áreas cultivadas del próximo año podrían ser menores a las de éste, ya que con bajos precios, los productores no se animarían a sembrar la misma cantidad", fácilmente pueden dejar el mensaje equivocado de que la prosperidad de las actividades del campo depende de la evolución ascendente de los precios. Esto no es así; aunque las políticas de precios condicionan en alto grado los resultados del sector y el bienestar de los consumidores.
Por la importancia económica de la agricultura, así como por la gravedad de los problemas alimentarios y el hecho de que las políticas de precios inadecuadas reducen o anulan los beneficios derivados de otras iniciativas de desarrollo, es compresible este tipo de situaciones.
Es evidente que las modificaciones de los precios agrícolas pueden acarrear consecuencias económicas y sociales de una magnitud insospechada. Las repercusiones inmediatas se dejan sentir en el consumo de alimentos y en la producción, aunque tienen otras muchas vinculaciones. Para no ir demasiado lejos, cabe anotar que las alteraciones en los precios de los alimentos son determinantes para la población pobre.
Cuando los más pobres de los consumidores, que gastan en alimentos un 60 por ciento o más de sus ingresos (en algunas zonas del país ocurre esto), se enfrentan con una subida de los precios, no es probable que puedan reducir mucho sus demás gastos. Además, dentro del sector agropecuario, las variaciones de precios al productor influyen, por una parte, en el volumen total de la producción y, por otra, en su composición. Sin duda, las modificaciones de los precios relativos de los productos agrícolas son un instrumento poderoso para provocar cambios, ya que la estructura de la producción se suele transformar rápida y sensiblemente. Así las cosas, la reducción al mínimo de las fluctuaciones y la promoción de una mayor seguridad en cuanto a sus niveles futuros constituyen objetivos básicos de las políticas de precios de los alimentos y del resto de productos de origen agrícola. Entonces, ¿cómo arreglárselas para cumplir los objetivos?
Es preciso tener muy en cuenta que en el plano de las políticas el problema es claro: la política de precios agrícolas -es indispensable- no puede determinarse exclusivamente en función de la agricultura y, del mismo modo, una política macroeconómica que descuide la necesidad de que los precios agrícolas sean adecuados puede tener repercusiones costosas. Hay que actuar en dos frentes. En primer lugar, es necesario reducir las graves distorsiones en los precios que se hayan producido a lo largo de los años dentro del sector y entre éste y otras áreas, desde luego se debe hacer en forma gradual. En segundo, es necesario introducir cambios profundos en las políticas sectorial y macroeconómica, porque no se le puede cargar toda la responsabilidad a la primera, cuando las dificultades se originan en la segunda.
Lo cierto es que los gobiernos deben tomar medidas para reducir la magnitud de las fluctuaciones, y para eso es necesario tener una política sectorial consistente y una macroeconómica que no discrimine contra el sector. La apuesta es a la estabilidad.
rosgo12@hotmail.com
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