Si la memoria no me falla, en 1995 el científico social Francis Fukuyama publicó su libro Confianza, tratando de poner en línea a hombres de negocios, políticos, economistas y otros profesionales, con la idea de que la confianza es la piedra ciliar del progreso de cualquier sociedad. La vida económica, invadida por factores culturales y dependiente de lazos morales y de ese factor fundamental, que por cierto no está escrito en ninguna parte, facilita las transacciones, fomenta la creatividad individual y justifica la acción colectiva, sostenía el autor.
En la lucha global por el predominio económico que vive el mundo, el capital social que representa la confianza es tan importante como cualquier capital físico, anotaba. Empero, este factor varía en gran medida de una sociedad a otra y el mapa de su distribución nos depara muchas sorpresas. Es el caso, por ejemplo, de lo que ocurre con Estados Unidos y Japón en cuanto a competitividad.
Pues bien; la revista Semana, en su última entrega, y en edición especial, toma como suya la idea y con el título 'Confianza Carajo' hace un llamado a la opinión diciéndole que "en lugar de llorar ante la crisis, hay que poner manos a la obra y creer en lo bueno". La confianza, afirman, "no se puede ver, pero sus efectos son muy reales. Y a veces, aunque haya normas concretas, sin confianza las leyes sólo son letra muerta. La crisis económica nos obligó a revaluar cosas que dábamos por sentado y a darnos cuenta de que no todo es lo que parece. Pero después de pensar en qué nos trajo hasta este punto, es hora de poner en marcha aquello que creíamos que estaba detenido".
Aunque el llamado es pertinente, no se pueden perder de vista dos aspectos importantes que anteceden a cualquier consideración: de una parte, quizás el área más crucial de la vida moderna, en la cual la cultura ejerce una influencia directa sobre el bienestar doméstico y el orden internacional, es la economía.
Si bien la actividad económica está inexorablemente ligada a la vida política y social, existe una tendencia errónea a considerarla como una faceta de la vida regida por sus propias leyes y separada del resto de la sociedad. La verdad es que no puede darse tal independencia, porque la actividad económica representa una parte decisiva de la vida social y está unida a una gran variedad de normas, pautas, obligaciones morales y otros hábitos que, en su conjunto, dan forma a la sociedad.
De otra parte, la cuestión política hace parte del problema. En efecto, una sociedad compuesta por una cantidad enorme de individuos desorganizados, que un Estado hipertrofiado se ve obligado a oprimir y contener, constituye una enfermedad muy seria.
Además de la enorme distancia que se da entre el Estado y los individuos, sus relaciones con éste son demasiado superficiales e intermitentes como para penetrar profundamente en su conciencia individual y socializarla desde adentro. O dicho de manera más simple: una nación sólo puede sostenerse si, entre el Estado y el individuo, existe una serie de grupos, lo bastante cercanos al sujeto como para atraerlo con fuerza a su esfera de acción y, de esta forma, arrastrarlo hacia el torrente general de la vida social. Los partidos políticos, organizados y bien dirigidos, deberían ser los encargados de cumplir tan trascendental tarea.
rosgo12@hotmail.com
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