Con esta expresión, el conocido economista, Paul A. Samuelson, en un artículo publicado en El País de Madrid, trata de buscar explicación a la oposición que congresistas republicanos y algunos economistas de la misma orientación política le han declarado al equipo económico del presidente Obama y a las propuestas de política presentadas al Congreso para enfrentar la crisis. ¿Cómo explicar semejante estupidez, anota, a estas alturas del desarrollo de las ciencias económicas y en un momento en que la economía real tiene una necesidad tan apremiante de un impulso expansivo?
La explicación del enfado de Samuelson se puede encontrar en la referencia que hace acerca de los que él llama los causantes de la frenada de la recuperación estadounidense en la gran crisis de 1929, y la herencia ideológica que dejaron. Según él, tras el gran desplome del mercado de valores de octubre de ese año, el presidente republicano Herbert Hoover y su millonario secretario del Tesoro, Andrew Mellon, cometieron la estupidez de oponerse a los macroprogramas públicos de estímulo económico rápido. Este error no sólo le costó a Estados Unidos, sino que arruinó para siempre la reputación de los dos en la historia.
Trasladado el caso a los tiempos actuales, le sorprende mucho que pese a los avances que ha tenido la ciencia económica, haya personas bien preparadas que quieran volver a caer en viejos errores en un momento crítico. Es un hecho interesante, aunque no sirve de explicación, que algunos de los acusados estén reproduciendo un viejo síndrome de Harvard, la connotada universidad norteamericana, anota con especial énfasis.
Para hacer tan dura acusación, advierte que, a principios de la década de los treinta, entre las estrellas de Harvard se encontraban nombres tan famosos como los de Joseph Schumpeter y Edward Chamberlin, quienes encabezaron los ataques contra el plan de recuperación económica de Roosevelt conocido como el New Deal. Shumpeter afirmaba que "las depresiones son algo bueno, no malo, porque proporcionan una catarsis (traducción de acuerdo con el contexto) después de las distorsiones de la expansión económica que las precede. ¡Una depresión era de hecho, justo lo que recetaba el médico!".
Esta no era una peculiaridad austríaca. Chamberlin, el famoso inventor de la teoría de la competencia monopolística, contribuyó a las críticas contra el New Deal con la descabellada opinión de que las depresiones eran 'imposibles', porque la demanda nunca podía ser más baja que la oferta.
Con base en estas apreciaciones, Samuelson dice que en cierta forma la historia se repite, pues otra pareja de economistas de Harvard, Greg Mankiv y Robert Barro, parece estar dejándose llevar por una ideología conservadora al estilo Hoover-Mellon para tratar de limitar y oponerse a la propuesta de Obama para reactivar la economía real.
Aunque a algunos les incomoda estudiar la historia, las referencias de Samuelson sobre lo ocurrido durante la crisis del 29 y los acontecimientos actuales, muestran la cara de una puja entre economistas que trasciende lo puramente técnico, localizándose en el despreciado -por algunos de ellos, desde luego- mundo político. Por siempre la disputa estará presente en el escenario, de eso no hay duda. De allí que la economía no sea una ciencia exacta y que los enfoques ideológicos se mantengan.
rosgo12@hotmail.com
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