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Gabriel Rosas Vega

A cambiar el decorado

Publicado el 05-03-09

A juzgar por las declaraciones y los textos oficiales de las recientes reuniones celebradas entre los ministros de Finanzas y de Hacienda de los siete países más avanzados del mundo, para comenzar a resolver las tremendas dificultades ocasionadas por la crisis internacional en marcha, no hay otra alternativa que cambiar el decorado, haciéndole una reforma profunda al Fondo Monetario Internacional y al conjunto de normas utilizadas en el control de las operaciones.

Comprobado hasta la saciedad que la entidad que funge como rector del sistema y el código -supuestamente diseñado para vigilar la idoneidad de las instituciones y de las operaciones que realizan- no son los instrumentos adecuados para hacer viable la concreción de los objetivos propios de la realidad económica vigente, no queda otra alternativa que proceder a la transformación, o mejor, a la refacción de la vetusta estructura.

Nadie puede ignorar que, en la etapa actual, se destacan con especial fuerza tres objetivos, prácticamente incuestionables: el primero, es el de la vigorosa expansión del comercio internacional -con nuevos actores-, indispensable para el adecuado crecimiento de la economía mundial. El segundo es la aparición y el desarrollo de nuevas formas de intermediación financiera; en opinión de unos, insuficientes e inapropiados para el manejo de la liquidez internacional y, para otros, carentes de solvencia y de idoneidad para reestablecer la confianza entre los inversionistas. El tercero, es el desarrollo económico de los países menos avanzados, cuyos moradores lo buscan afanosamente mediante un descomunal esfuerzo, pero que requiere el apoyo de los más ricos.

La actual crisis en marcha, gestada y consentida en Estados Unidos, que en realidad es la culminación dramática de una serie de perturbaciones monetarias experimentadas por el mundo occidental durante las última décadas, y, por supuesto, la expresión cabal de los desafueros de unos banqueros desbocados y dispuestos a hacer valer sólo su insaciable glotonería, obliga a las naciones miembros del FMI a examinar cuáles son las fallas del sistema monetario y en qué dirección éstas pueden subsanarse en el contexto de una urgente reforma del sistema, en particular en lo que se refiere a la liquidez internacional y al llamado efecto contagio que tiene el mal desempeño de los mercados de capitales.

Hoy, como muchos años atrás, los acontecimientos financieros registrados son la demostración cabal de los serios peligros -ya ni peligros, sino consecuencias funestas- que causa el uso de un patrón cambiario cuya fuente principal de liquidez son los déficit de la balanza de pagos o de los desarreglos financieros propios del país o de los países de la moneda de reserva. Esas consecuencias se agravan cuando el funcionamiento normal de tal sistema no está protegido por procedimientos de ajuste empleados correctamente, tanto por los países que tienen déficit, como por los que gozan de superávit. (No hay quien ronde al alcalde).

En las actuales circunstancias, la ineficacia de los mecanismos de ajuste se ha vuelto mayor debido a que los poderosos pusieron en práctica desde hace bastante tiempo, diversas formas de arreglo monetario que escapan totalmente a la vigilancia del FMI. En tanto que los países industrializados se ven afectados por sus propias políticas económicas, los países en desarrollo reciben no sólo los impactos de sus decisiones, sino también, y con serias repercusiones, las consecuencias de las políticas adoptadas por los países más prósperos. 

rosgo12@hotmail.com

Gabriel Rosas Vega

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