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Gabriel Rosas Vega

Los responsables de la crisis

Publicado el 05-02-09

 Me sirvo de un documento preparado por el estudiante del Cesa, Luis E. Hoffman, integrante del grupo de investigación que bajo mi dirección estudia y analiza el proceso que lleva la crisis internacional, para hacer algunas acotaciones sobre un aspecto que los especialistas han tocado poco. Se trata de la aplicación del Tratado de Basilea, que es el esquema de regulación puesto en marcha en el sector financiero desde 1988.

Para comenzar, es preciso recordarle a ciertos desmemoriados analistas de las cosas económicas que, de manera paralela al proceso de desregulación del sistema financiero estadounidense, alentado y defendido a ultranza por el director de la Reserva Federal, Alan Greenspan -en su momento opinó que los derivados no eran "armas financieras de destrucción masiva", sino, por el contrario, un extraordinario y útil vehículo para transferir riesgo de aquellos que no deberían tomarlo a quienes quieren o son capaces de hacerlo"-, más de cien países firmaron el Acuerdo de Basilea (a la postre son dos), con el cual se pretendió establecerle al sistema financiero un marco regulatorio mediante el cual pudiera desarrollar sus operaciones. En él (ellos) se contempla la creación de un capital moderador o mínimo y, asímismo, la observancia de tres pilares en el funcionamiento de las instituciones: el cálculo de los requisitos mínimos de capital, la supervisión en la gestión de los fondos propios y la disciplina del mercado.

A pesar de que la adopción y el desarrollo de los acuerdos fueron en principio exigentes y hasta infundían cierta confianza, en particular en los países industrializados, donde eran especialmente aplicados, con la aparición y el desborde de la crisis se hizo evidente que las medidas contempladas en los dos textos resultaron insuficientes.

Entonces, cabe hacer la pregunta: ¿qué fue lo que falló en la regulación?

En primer lugar, la falla más protuberante y la que explica en buena medida el problema, fue la creencia muy generalizada de que las instituciones eran -o debían ser- capaces de autorregularse. Esto, en realidad fue fatal, pues gracias a la manipulación de las cifras y a la voracidad desmedida de los gerentes, se dio vía libre al apalancamiento sin límite racional. Greenspan puede dar cuenta y razón de este lamentable hecho.

De otra parte, con relación a los fondos de inversión -o hedge funds-, la posición del Director del Federal era que "cualquier restricción gubernamental al comportamiento de los fondos de inversión (que es lo que hace la regulación) recortaría la asunción de riesgos, que es parte integral de la contribución de los fondos a la economía global y en especial a la estadounidense". Con esta creencia y la metáfora ¿por qué deseamos inhibir a las abejas polinizadoras de Wall Street?, se montó el castillo que después se vino abajo.

Tal como lo anota G. Perry, en el Acuerdo de Basilea II, estas posiciones se tradujeron en la suposición errada de que bastaba con que cada banco calculara y manejara correctamente su riesgo individual para que, de esta manera, el resto de las instituciones estuvieran a salvo de una crisis sistémica.

Así las cosas, debe quedar claro que los causantes del desastre no fueron solamente las subprime; la desregulación, el mal uso de Basilea, y las calificadoras también tienen velas en el entierro. Y, por supuesto, sus defensores.

rosgo12@hotmail.com

Gabriel Rosas Vega

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