El dolor y la rabia ocasionados por la quiebra de las llamadas pirámides no puede desembocar en una andanada contra el sistema bancario, porque el manejo de la crisis debe centrar la atención en los factores que la ocasionaron y no en buscar chivos expiatorios que paguen las consecuencias del surgimiento del monstruo que engulló capitales y ahorros sin término. Justificar el fenómeno por un comportamiento tachado de poco consecuente con las necesidades de los pobres no deja de ser una solemne bobada y un camino peligroso para resolver los problemas. Una cosa es el papel que cumplen las entidades bancarias y otro el que desempeñaron en la hecatombe unos mercenarios, que aprovechándose de la ignorancia o del afán desmedido de riqueza de un poco de insensatos, se dejaron esquilmar.
Para poner las cosas en su punto, es necesario que la gente entienda cuál es el papel que cumple la banca en el contexto de una economía, los factores que concurren a la creación de esa convención social que lleva a todos los miembros de la sociedad a aceptar un bien especial como medio de intercambio y de pago de obligaciones y la forma como se comportan las variables financieras. Solo con ese conocimiento las gentes podrán interpretar el papel que cumple la banca y, sobre todo, las razones que existen para pedir prudencia en las gestiones de política pública que no se pueden alimentar con soluciones superficiales y no bien cimentadas.
Es el caso, por ejemplo, de hacer creer a la gente que obligando por decreto a los bancos a abrir cuentas de ahorro a los más pobres se superan las dificultades. Para manejar una cuenta es preciso que el cliente genere ingresos, que solo puede conseguir si tiene empleo y eso no se hace por decreto. De acuerdo con la argumentación técnica, la aparición del dinero corresponde a una etapa de desarrollo de los procesos de intercambio. En las formas más arcaicas los productores transaban directamente unos bienes por otros. Sin embargo, con la multiplicación de las necesidades y la diversificación y especialización de las actividades, se intensificó el intercambio y el trueque directo se hizo cada vez más difícil. En virtud de ese desarrollo, el dinero adquirió tres funciones básicas que mantiene en las economías: 1) Medio de intercambio -el dinero sirve de instrumento del comercio, ya que por tener aceptación general es recibido a cambio de las mercancías. 2) Unidad de cuenta: la moneda sirve para expresar en un patrón común el valor de las diferentes mercancías. 3) Depósito de valor: el dinero puede ser utilizado como reserva de valor para efectuar pagos en el futuro. Pero, aún más, la citada convención social sienta bases para el surgimiento de dos conceptos complementarios: el de aceptabilidad -la capacidad que tiene el activo para ser recibido en forma de pago- y el de liquidez, que es la posibilidad que tiene un activo de ser transformado con mínima demora, dificultad y costo en un medio aceptable de pago.
Para concretar las diversas operaciones que se realizan con el dinero, es indispensable contar con unas instituciones que las ejecuten. Éstas son los bancos, encargados de la generación de dinero mediante el proceso de multiplicación de los medios de pago y del cumplimiento de otras funciones, entre las cuales se cuenta la canalización del ahorro hacia los proyectos de inversión. Las opciones y las técnicas escogidas por una sociedad para canalizar su excedente económico tiene cada una sus costos y beneficios; que es cierto, no se pueden volver sólo utilidades, pero que tampoco autoriza para destruir el fundamental instrumento.
Acabando el sistema, no van a estar mejor los marginados, ni el país.
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