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Gabriel Rosas Vega

Dinero fácil e instituciones

Publicado el 02-10-09

La historia reciente del mercado financiero de los Estados Unidos muestra cómo la tendencia a lograr pingues utilidades con negocios sacados del cubilete a semejanza de lo que hacen los prestidigitadores en los escenarios de los circos, es una especie de adicción de la cual no se pueden zafar los llamados innovadores. Para no ir tan lejos, basta ahora recordar el episodio que Greenspan calificó como "la euforia irracional", a raíz de la espectacular subida de los precios de las acciones de las empresas productoras de software para el uso del Internet.

Cuenta el personaje -entre otras cosas, valdría la pena establecer el grado de responsabilidad que le corresponde en el desastre actual-, que el 9 de agosto de 1995 pasará a la historia como el día en que nació el boom de los 'puntocom'. En esa fecha, la oferta pública de Netscape, un minúsculo productor de software de Silicon Valley que, con dos años de vida, casi no tenía ingresos y ni un centavo de beneficios, lo inició. La verdad era que la firma en cuestión estaba regalando la mayoría de sus productos; aún así, el de búsqueda había alimentado una explosión en el uso del Internet y contribuido a convertir lo que había empezado en un patio online para científicos e ingenieros en la avenida digital para el mundo. El día en que las acciones de Netscape salieron a la venta, se dispararon de los 28 dólares por título a los 71, para asombro de los inversionistas. Arrancaba la fiebre del oro de Internet. Más y más nuevas empresas salieron a la oferta pública con cotizaciones fabulosas y su presidente Jim Clark se convirtió de la noche a la mañana y casi sin darse cuenta en el primer multimillonario de Internet.

Aunque en la FED por lo general no se hablaba mucho de la bolsa, sus miembros eran conscientes de que el fenómeno anotado producía un 'efecto riqueza' que ponía a los tenedores de acciones en plan de ricos, por las ganancias de sus portafolios. Así podían pedir más dinero prestado y gastar con mayor liberalidad en casas, carros y bienes de consumo. En otros términos, se trataba de una prosperidad montada sobre la base de un desarrollo tecnológico verdaderamente innovador, pero que a la postre producía una sobrevaloración en la bolsa que podría terminar muy mal. De ahí nació el concepto de la 'euforia irracional'.

Con casos como estos, uno podría suponer que las autoridades han debido ponerse en guardia para controlar los sentimientos reprimidos de los nuevos ricos y controlar las explosiones de expectativas desorbitadas que jamás podrían verse cumplidas. Pero no; tal como lo advirtió en su momento José Antonio Ocampo, la liberalización de las fuerzas del mercado en el ámbito mundial no coincidió con un proceso similar de fortalecimiento de las instituciones mundiales que regulan los mercados. Para él, la única excepción importante a esta regla ha sido la creación de la Organización Mundial de Comercio, pero aún esa organización es objeto de muchas críticas y su autoridad es permanentemente cuestionada. Cuanta razón tenía -y tiene- Ocampo cuando hacía esta acotación, porque la falta de una gobernabilidad internacional adecuada ha sido reconocida, por su parte, como un problema especialmente grave en el caso de los flujos financieros y ha dado lugar a múltiples iniciativas de reforma, pero sin llegar a resultados concretos.

Es un hecho; el mundo global carece de instituciones de carácter global que velen por una adecuada distribución del ingreso. La función que cumplen los Estados nacionales en el mantenimiento de la equidad y la cohesión social no tienen ninguna contrapartida en el mundo. Sumidos en la crisis, bien vale la pena pensar en cosas como éstas.

rosgo12@hotmail.com

Gabriel Rosas Vega

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