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Gabriel Rosas Vega

Vaya cambio

Publicado el 26-06-08

 Después de más de 25 años de no tomar en cuenta la agricultura como factor de desarrollo y de haber coadyuvado con sus recomendaciones sobre política económica a fortalecer 'los sesgos en contra del sector', con cierto dejo de nostalgia el Banco Mundial dedica su Informe sobre Desarrollo Mundial de 2008, a examinar la agricultura como factor de progreso, advirtiendo que en el siglo XXl sigue siendo un instrumento fundamental para el avance sostenible y la reducción de la pobreza.

El hecho que tres de cada cuatro personas pobres en los países atrasados vivan en zonas rurales (2.100 millones subsisten con menos de 2 dólares al día y 880 millones con menos de 1 dólar al día), y la mayoría dependa de la agricultura para su subsistencia, coloca a esta actividad en el primer plano de las opciones de política, advierte el informe. Pero no es solamente este aspecto el importante; también los cambios profundos registrados en los últimos tiempos cuentan -los reajustes de los precios de los alimentos y la producción de biocombustibles, por ejemplo. Así las cosas, repite con mucha insistencia, la agricultura ofrece posibilidades promisorias para el crecimiento, la reducción de la pobreza y la prestación de servicios ambientales.

Como el derecho al arrepentimiento existe, esta bien que en los actuales momentos, cuando se insinúa en el horizonte una crisis en materia de alimentos, el Banco vuelva lo ojos hacia el sector clave de la economía. No obstante, cabe recordarle algunos errores que con su patrocinio se cometieron en el pasado. Ante todo, los desaciertos en el enfoque de las políticas agrícolas y rurales que transmitió una visión imprecisa sobre el papel que se le debía asignar al sector. Las visiones clásicas destacaban el papel central que desempeñaba el desarrollo industrial en el desarrollo económico, lo que implicaba que se viera como antagónico del agropecuario. Eso no estuvo bien, pues no se trataba de buscar avances en la industria a costa de la agricultura, pues ambos debían ir en la misma dirección. Por tal motivo, hay que evitar la ocurrencia de casos tales como la utilización de la política tributaria como instrumento de compensación de los des- equilibrios intersectoriales. Es del caso aludir a la inclusión de gravámenes más bajos para los insumos agropecuarios, tendiendo a contrarrestar los sobrecostos que generan otras cargas o políticas.
Sin duda, dentro de las reflexiones que se hacen en el grueso informe del Banco, importancia capital tiene la que se refiere a lograr que la agricultura en pequeños predios se vuelva más productiva y sostenible. Evidentemente, cuando se utiliza la agricultura para producir desarrollo, el principal camino de salida de la pobreza consiste en mejorar la productividad, la rentabilidad y la sostenibilidad de la explotación agrícola en pequeña escala.

¿Cómo se logra esto?, pregunta la entidad. Se puede emplear -responde- una amplia gama de instrumentos de política para lograr lo siguiente: mejorar los incentivos de precios e incrementar la calidad y la cantidad de la inversión pública; mejorar el funcionamiento de los mercados de productos; ampliar el acceso a los servicios financieros y reducir la exposición a los riesgos contra los cuales se carece de seguro; mejorar el desempeño de las organizaciones de productores; promover la innovación a través de la ciencia y la tecnología y, lograr que la agricultura sea sostenible y provea servicios ambientales.

A manera de conclusión, es bueno señalar que la agricultura ha tenido desde siempre la capacidad especial para reducir la pobreza; otra cosa es que su manejo haya sido tan desacertado. Las estimaciones realizadas sobre distintos países indican que el crecimiento del PIB originado en la agricultura es al menos el doble de eficaz en reducir la pobreza que el crecimiento del producto generado en otros sectores.

Gabriel Rosas Vega

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