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Gabriel Rosas Vega

Distorsiones del sistema

Publicado el 19-06-08

Ahora que la escasez de alimentos se manifiesta con especial intensidad, al punto de presagiarse una hambruna en ciertas regiones del mundo, viene al caso repasar las opiniones de algunos especialistas sobre el funcionamiento de las economías en un mundo globalizado y en expansión.

En la discusión sobre cuál es el camino más corto y directo que lleva a la prosperidad, los especialistas suelen coincidir en que tres son las características que deben distinguir el proceso: 1) el grado de competencia en el interior de las economías y, especialmente, en el caso de los países en vías de desarrollo, la apertura de la nación al comercio y su integración al resto del mundo; 2) la calidad de las instituciones que hacen funcionar la economía, y, 3) el éxito de sus dirigentes en la aplicación de las medidas necesarias para lograr la estabilidad macroeconómica.

Aunque parezca existir cierto consenso en que esas tres condiciones son fundamentales para lograr la prosperidad, mucho me temo que si se realizara una encuesta entre los expertos en desarrollo, varios las expondrían en orden de importancia diferente y seguramente destacarían también distintos aspectos de cada una; inclusive, algunos propondrían ciertas condiciones a su plena adopción en el tiempo. Para no abundar demasiado, habría que indagar mucho sobre la acumulación de capital, necesario para el crecimiento; así mismo, lo atinente a la apertura con su ingrediente de integración al resto del mundo. En relación con lo primero, no se puede pasar por alto el hecho de que para formar el acervo de capital es necesario que exista una base de ingreso. Existiendo, como en efecto existen, países sin tal capacidad, mal se puede esperar que encaren sus problemas de financiación del desarrollo si no cuentan con la base mínima para hacerlo. La cuestión del comercio y la integración es más complicada, pues aún no se ha resuelto la cuestión del intercambio desigual que defienden los países desarrollados por la circunstancia de que el precio de las mercancías en los mercados internacionales no refleja la cantidad de trabajo que incorporan.

En la línea de reflexión propuesta por los defensores a ultranza del capitalismo, cae bien una observación hecha por el Premio Nobel de Economía, Amartya Sen, quien sobre las ventajas del sistema anota: "En la terrible historia de las hambrunas del mundo, jamás se ha producido una hambruna sustancial en ningún país independiente y democrático con una prensa relativamente libre.

Es imposible encontrar excepciones a esta regla, por mucho que busquemos". Empero, con el respeto y la consideración que se le debe a un Premio Nobel de Economía, cabe decir que este tipo de defensas no ayudan para nada a la discusión y a encontrar la verdad de los problemas. Ante todo, porque el doble lenguaje que los países industrializados han mantenido en lo referente al libre cambio alcanza un alto grado de cinismo cuando se consideran sus relaciones con los países del Tercer Mundo. No se puede olvidar que están mucho más interesados en venderles cuanto pueden y en comprarles lo menos posible que en los beneficios que obtienen del intercambio desigual, de manera que han levantado un proteccionismo estricto para aquellos productos -especialmente agrícolas- en los que las ventajas de los pobres son considerables.

La política agrícola común de la Unión Europea ha descansado siempre en el proteccionismo y, aún peor, en la práctica del dumping a través de subvenciones a la exportación como forma de dar salida a los excedentes agrícolas que fomenta la política de precios garantizados, con graves consecuencias para los menos desarrollados, cuyas exportaciones se concentran en productos primarios. Estas son unas de las distorsiones que ponen en entredicho las delicias del sistema.

Gabriel Rosas Vega

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