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Gabriel Rosas Vega

Los economistas del libre mercado

Publicado el 05-06-08

Para quienes quieran saber cómo se formula la política económica con base en los determinantes del mercado, la lectura del volumen La era de las turbulencias, escrito por Alan Greenspan, hasta hace poco presidente de la Reserva Federal (el Banco Central de E.U.), les ofrece la oportunidad de hacer el curso más acelerado posible de teoría. Gracias a la forma como el autor maneja los temas, que, si se quiere, tratan de conformar una autobiografía y hasta una memoria sobre los acontecimientos vividos, no solo durante los 17 años en que ocupó el elevado cargo, sino antes, pueden aproximarse al conocimiento de los factores teóricos que conforman la columna vertebral de lo que sus sostenedores han convertido en la "sacrosanta doctrina del capitalismo contemporáneo".

Aún para quienes no participamos a raja tabla del credo, presentado en demasiadas ocasiones como verdades reveladas o con pretensiones de principios escatológicos, o peor aún, como si la historia del último cuarto de siglo pudiera resumirse en una sola línea "se trata del redescubrimiento del poder del capitalismo de mercado", abocamos el documento con el mayor respeto, no solo por el esfuerzo académico que entraña, sino porque nos resultan provechosos los análisis que de sus páginas se desprenden, dado que, como lo sostiene el propio autor: "los economistas no pueden evitar ser estudiosos de la naturaleza humana, en especial de la euforia y el miedo. La euforia es una celebración de la vida y el miedo es una respuesta automática que todos llevamos dentro, a las amenazas contra la más profunda de todas nuestras propensiones congénitas, nuestra voluntad de vivir".

Como quiera que una reseña rigurosa y completa de la obra exige un espacio más amplio que el asignado a esta nota, no es mi intención adentrarme en sus vericuetos, sino entresacar unas pocas expresiones sobre la forma como en ciertos pasajes Greenspan ve el trabajo de los economistas y las limitaciones a las cuales se ven sometidos. Por ejemplo, la tendencia a volver todos los análisis modelos econométricos, es uno de ellos.

Con cierta humildad y en consideración a que durante algunos años desarrolló cierta manía en la construcción de modelos econométricos, logrando gracias a ello, apreciar más a fondo sus usos y, en especial, sus limitaciones, advierte que la economía moderna y dinámica no se queda quieta lo suficiente para permitir una lectura certera de sus estructuras subyacentes. Los primeros retratistas fotográficos precisaban que sus modelos estuvieran inmóviles el tiempo necesario para conseguir una imagen aprovechable; si el sujeto se movía, la foto salía borrosa. Así también ocurre con los modelos económicos. Los econometristas utilizan ajustes ad hoc de la estructura formal de sus modelos para crear unas predicciones razonables. En el oficio se conoce como el add-factoring de las ecuaciones; esos factores correctores a menudo son más importantes para la predicción que los resultados de las propias ecuaciones. Entonces cabe la pregunta:

¿si los modelos tiene tan poco poder de predicción para qué sirven?

En relación con las predicciones económicas, dice que se tomaron por asalto a Washington en la década de 1960, y que gracias al acierto que tuvo el profesor Heller, el tema se volvió importante y estuvo rodeado de enorme prestigio, al punto de haber desatado la euforia de muchos economistas que llegaron a sostener que se avecinaba una nueva era. El autor señala, sin embargo, que él sabía que las proyecciones macroeconómicas tienen mucho más de arte que de ciencia. Pero además, con mucha gracia anota:

"Una encuesta realizada pocos años después, reveló que la opinión pública equiparaba ya la capacidad de predicción de los economistas a la de los astrólogos. Eso me hizo preguntarme, qué habían hecho mal los astrólogos".

Gabriel Rosas Vega

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