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Gabriel Rosas Vega

Soluciones a la carrera

Publicado el 27-03-08

Recordando la aguda observación de Stiglitz: "los cambios improvisados que se hacen de prisa y corriendo tras una crisis, quizás no sean la mejor manera de reformar el sistema económico global", es claro que lo que esta ocurriendo en Estados Unidos con los graves problemas del sistema financiero es una prueba de la validez de tal afirmación.

La rebaja apresurada de las tasas de interés, el suministro de fondos para la compra de entidades financieras quebradas o a punto de quebrar y la repartición de liquidez de los bancos centrales -en esto hay que involucrar también a los extranjeros- a la topa tolondra, no son sino el reflejo de la angustia que lleva a decisiones no bien pensadas y poco contribuyen a mejorar las cosas.

Como tantas veces se ha repetido, permitir un flujo incontrolado de capital especulativo es muy arriesgado. Aunque ahora se sostiene la tesis que los flujos actuales corresponden a inversiones de capital y nada tienen que ver con los conocidos capitales golondrina, mucho me temo que el diferencial tan fuerte de tasas de interés produce de todas maneras el efecto indeseado de tener captaciones de recursos de corto plazo sin beneficio para la economía. Por tal razón, entonces, es preciso insistir, una vez más, sobre la necesidad de incorporar al sistema mecanismos de control que eviten de alguna manera la ocurrencia del fenómeno reseñado.

Bueno, pero ese no es el punto que quiero tratar. A lo que deseo referirme es a si las medidas tomadas por la FED apuntan en la dirección de superar las dificultades y colocan de nuevo sobre rieles la economía americana, sometida a los estrujones de un sector financiero puesto a jugar -eso lo llaman innovar- con el fuego de carteras mal calificadas.

Por cierto, interesante para el caso actual resulta el análisis que hace el autor citado antes sobre el papel que cumplen las reservas dentro del mecanismo de pagos vigente. Según su punto de vista, el sistema global de reservas centrales no está funcionando bien, y mucho menos en los países en desarrollo.

Los recursos fluyen de abajo hacia arriba, de los países pobres a los ricos. En buen romance esto quiere decir que los poderosos financian su déficit con el ahorro de los más necesitados, en particular Estados Unidos que puede utilizar la máquina impresora de billetes todo el tiempo. Porque si no, ¿cómo se explica la mano tendida y generosa de la FED con JP Morgan para adquirir las acciones a US$10 de Bear Stearns, una entidad básicamente quebrada? Solo si se tiene una fuente importante de fondos para soportar la operación es factible hacerlo. De allí la diferencia abismal entre un salvamento de una entidad financiera en territorio de pobres y otros en las islas de la fantasía.

En la primera hay que girar contra la sangre de sus moradores, mientras que en las segundas, la situación es muy cómoda: no hay más que extender la orden que Esta se paga con la plata del resto del mundo. En tales condiciones, con las medidas tomadas lo único que se está haciendo es agravar el problema, pues nada, ni nadie, le está poniendo un dique al desenfrenado gasto de la economía del Tío Sam, por cierto desentendida en cuanto a las restricciones que impone la recesión.

A juzgar por la afluencia de compradores a los grandes almacenes y de comensales a la cantidad infinita de restaurantes, la situación parece no haber cambiado, pues el consumo continúa al ritmo que traía antes del destape del desastre. Como los países pobres corren con la mayor parte de los riesgos, las crisis se han convertido en una forma de vida y los defensores del Estado actual de reservas ni se 'mosquean'. 

Gabriel Rosas Vega

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