EL PORTAL DE ECONOMÍA Y NEGOCIOS
De acuerdo con la opinión de los miembros de la junta directiva del Banco de la República, el flujo de recursos proveniente del exterior no cae dentro de la categoría de capitales golondrina, sino constituye inversión extranjera con vocación de permanencia y, desde luego, sin el impacto inconveniente sobre la volatilidad de la tasa de cambio, sometida a oscilaciones bruscas de muy corto plazo cuando se trata de dineros con propósitos meramente especulativos. En verdad, sostienen quienes así piensan, que la importante diferencia existente entre las tasas de interés internas y externas no tiene la connotación muy particular de atraer divisas solo para obtener los dividendos propios del arbitraje realizado por los agentes económicos, sino que se suman a las corrientes de ahorro con el cual se financia la inversión.
Como todo lo que brilla no es oro y es poco probable que el comportamiento de los agentes económicos cambie de la noche a la mañana, sería de gran utilidad para la política examinar con cuidado los registros de las inversiones y el uso que se le da a los recursos ingresados por esa vía. El motivo que inspira esta insinuación es simple: puede ser que para rebajar costos, las empresas -en particular las extranjeras con fácil acceso a divisas- prefieran cubrir los gastos convencionales con dólares y no con pesos como ocurre cuando el diferencial no es tan amplio como ahora. Pagar intereses y otros gastos con plata menos costosa no es una mala idea, ni es un mal negocio; esto si la cuestión se mira bajo la óptica de la conveniencia de la empresa. Pero otro es el cantar si el enfoque es de tipo macro, pues los supuestos beneficios de la inversión desaparecen.
En tales circunstancias, como los flujos de capital pueden afectar las variables macroeconómicas nacionales, así como ser afectadas por ellas, la autoridad cambiaria debe ejercer cautela en dos frentes. De una parte, evitar una situación en la que los flujos de capital creen valores atípicos o distorsiones importantes en indicadores básicos o fundamentales, como las tasas de interés y los tipos de cambio reales, el endeudamiento sectorial y nacional, la inflación (incluidos los precios de los activos), el consumo, la inversión y la producción de transables. De otra, evitar usar las entradas de capital como instrumento principal para alcanzar un objetivo rígido o extremo respecto de una sola variable económica interna, en especial durante un período prolongado.
Como los flujos de capital no siempre son consistentes con los objetivos de estabilidad macroeconómica en su sentido amplio, con el crecimiento económico sostenido y la equidad social; se justifica un cierto grado de 'manejo' público directo o indirecto para influir en el volumen y composición de esos flujos. Numerosas han sido las experiencias en el pasado y en otros países, con éxito y sin él, en la aplicación de este enfoque. Lo que constituye un grado adecuado de liberalización de la cuenta de capital puede variar con el tiempo, según las condiciones locales e internacionales de corto plazo y el grado y necesidades de desarrollo nacional. Administrar los flujos de capital implica algunos costos. Pero la experiencia ha demostrado que dejar siempre que el mercado determine el volumen y composición de dichos flujos puede también entrañar costos y éstos pueden ser notablemente mayores. No hay instrumento, o conjunto de ellos, que pueda operar con total eficiencia. En un mundo imperfecto, los instrumentos deben juzgarse según sus resultados globales. Debe hacerse un uso pragmático de los instrumentos de política, que ofrezcan los mayores beneficios netos desde el punto de vista de la estabilidad macroeconómica y el crecimiento, y que al mismo tiempo, reduzcan al mínimo los costos. Por eso vale la pena comprobar la teoría de la junta.
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