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Gabriel Rosas Vega

Contra todo pronóstico

Publicado el Febrero 27 de 2008

En un artículo publicado en la edición dominical de El Tiempo, bajo el título 'Las 5 razones para subir las tasas', el periodista Mauricio Galindo hizo el interesante esfuerzo de poner en blanco y negro las razones que tuvo la junta directiva del Banco de la República para contrariar los pronósticos de quienes le apostaban a la estabilidad de las tasas. El susto por una mayor revaluación y la reducción drástica de los tipos de interés en Estados Unidos, le ponían un dique de contención a la medida de la autoridad monetaria colombiana; pero fue mayor el miedo a la inflación, reflejada en los datos sobre costo de vida publicados por el Dane, el que primó en la decisión. Dos sentimientos de temor se conjuraron para revolver el avispero.

Siguiendo el mismo orden de los puntos tratados, se insertan a continuación algunas reflexiones adicionales sobre las razones atribuidas a los directores para tomar la medida.

No obstante la advertencia de que un incremento de las tasas puede traer consigo un aumento del flujo de divisas, afectando la tasa de cambio, la junta no cree que ello ocurra, pues ahora sus miembros piensan que los ingresos nuevos no son capitales golondrina, sino es plata que entra al país para quedarse. En una palabra, son recursos para inversión. Aunque no es posible rebatir el argumento, porque no hay datos disponibles para hacerlo, mucho me temo que esa confianza no corresponda a la realidad.

Con la tremenda movilidad del mercado y la codicia nunca satisfecha de los intermediarios, es bien difícil creer que no tienen intenciones de hacer arbitraje para acumular pingües utilidades. Primera duda.

Otro argumento para no subir los intereses es el impacto que tienen en los precios las alzas de los alimentos. Si bien ésta es una realidad, se da la circunstancia de que la inflación sin alimentos está en el límite de la meta que se puso el Banco. Con alimentos, la inflación está en el 6 por ciento. El punto es válido. Empero, surge el interrogante de si el caso puede calificarse como persistente o coyuntural. Como no se puede dar espera para comprobarlo, la decisión apunta en la dirección correcta.

En lo que toca con los efectos de las medidas sobre la demanda, las ya tomadas, si bien han tenido incidencia, pues han frenado el ritmo, no se puede pasar por alto el hecho de que la dinámica que trae la economía le impone una cierta inercia, resultando difícil ponerla en cintura en breve plazo. Parar en seco no es buena idea, porque a la economía le puede pasar lo mismo que le pasa al ciclista que va a toda velocidad y de pronto resuelve aplicar el freno delantero. De cabeza va a parar al precipicio, eso se los aseguro. Punto en contra.

El fenómeno del contagio sirve para estimular la discusión sobre si se debe utilizar el expediente de las tasas de interés para regular el proceso económico. Si la recesión estadounidense basta para enfriar el recalentamiento colombiano, bien; pero si la cosa no es así, se debe actuar y pronto. A juzgar por los síntomas, el mal del Tío Sam aún no causa estragos internos, lo que no quiere decir que permaneceremos vacunados todo el tiempo.

Por último, el activo de la credibilidad, tan caro a los intereses de la autoridad monetaria y, además, tan importante para la política, tiene tanto de ancho como de largo. Es del caso, por ejemplo, si por cuenta de ciertas medidas la economía se estanca y sufre las consecuencias obvias del fenómeno, la credibilidad se viene al piso. Por eso, para la toma de decisiones, es mejor no poner de por medio este factor. 

Gabriel Rosas Vega

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