EL PORTAL DE ECONOMÍA Y NEGOCIOS
portafolio.com.co / opinión / columnistas / Gabriel Rosas Vega
Aunque muchos no lo crean, en materia de desarrollo agropecuario, el país sigue anclado en creencias y concepciones que tuvieron vigencia en el siglo pasado, y en centurias anteriores. Para el efecto basta observar lo que acontece con la posesión y uso de la tierra, sometido todavía al imperio de principios que inspiraron el pensamiento de escuelas de otras épocas y que a duras penas superviven en los anales de la historia de las doctrinas económicas. Quizás sin proponérselo, actores de la vida nacional desentierran con frecuencia teorías caducas para que sean aplicadas a raja tabla en nuestro medio. Es el caso, por ejemplo, del poder que se le atribuye a la propiedad de la tierra, base y sustento de la escuela fisiocrática de los años 1700. Así, abusando de la paciencia de mis amables lectores, me parece pertinente recordar el ambiente que reinaba antes de que irrumpieran los principios de esta escuela.
Precisando la cuestión, es bueno recordar que la fisiocracia fue una reacción al mercantilismo y a las características feudales del antiguo régimen en Francia, por cuanto Este no consiguió eludir por completo las ideas medievales que impregnaban la sociedad francesa -el mercantilismo defendió la libertad económica total. La minuciosa reglamentación de la producción por el poder público, que llegaba incluso a especificar los hilos requeridos por pulgada de tejido, posiblemente en algún momento sirvió para conseguir el orden conveniente y alta calidad, pero es indudable que aprisionó la producción en una camisa de fuerza que impedía la experimentación, la mejora de los métodos de la producción o el cambio en los gustos del consumidor. Ni por un momento se puede olvidar que los poderes locales provocaron un retraso en el desarrollo de la industria, imponiendo portazgos, impuestos y aranceles que impedían la circulación de mercancías. Pero aún más; la agricultura sufría la carga de las condiciones impuestas por la nobleza terrateniente. Los campesinos se encontraban sometidos a contribuciones territoriales e impuestos sobre los beneficios agrícolas.
Ante semejante dominio y espoliación de las clases menos favorecidas, la reacción fue irse de otro lado. En efecto, los fisiócratas desarrollaron la idea del orden natural. De acuerdo con esta concepción, las sociedades humanas estaban sujetas a leyes naturales semejantes a las que gobiernan el mundo físico. Por tanto, era necesario que todas las actividades fueran realizadas en armonía con esas leyes de la naturaleza. Favorecieron en especial las explotaciones agrarias de tipo capitalista, que empleaban trabajo asalariado y técnicas avanzadas. Desde luego, los grandes productores con excedentes para la venta resultaban muy beneficiados por el énfasis en el desarrollo de la agricultura y el libre comercio interior. Los miembros de esta escuela ensalzaron al agricultor capitalista como figura clave del desarrollo económico, pero se equivocaron por completo al considerar estériles la industria y el comercio.
Esta idea equivocada supuso otro error: la convicción de que los terratenientes podían ser sometidos a los impuestos, en razón a que solo la tierra podría producir un excedente. Y ahí está el meollo del problema: olvidando que los fisiócratas consideraban que solo la agricultura producía una renta superior y Este iba a parar al terrateniente, motivo por el cual Este debía estar sometido a los impuestos, los defensores de nuevo cuño de la importancia de la posesión de la tierra insisten a toda costa en que ese mero hecho trae consigo prosperidad y el desarrollo. Parece que la lección de los fracasos de la reforma agraria -repartir por repartir tierras- no fue debidamente asimilada y, por tanto, es indispensable adelantar la pedagogía de nuevas formas de sacar a los campesinos de la pobreza, sobre todo, en lo que toca con la tecnología y el bienestar social.
PUBLICIDAD