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César González Muñoz

Ciencia lúgubre

Publicado el 29-07-09

 Como suele ocurrir después del primer cimbronazo de una crisis financiera, en esta ocasión desde todas partes ha venido la pregunta: ¿y por qué diablos nadie previó esta cosa? Vino después entre los académicos y los analistas de mercados, una aguda controversia. Aparecieron gurús que reclaman haber diagnosticado y advertido a tiempo el proceso de contagio.

En las actuales circunstancias se exacerba otra discusión probablemente más relevante, relacionada con la utilidad social del pensamiento económico y de los economistas profesionales. Es probable que nuevas escuelas de pensamiento, o mejor, nuevas versiones de las viejas escuelas, se tomen el poder en los centros académicos con capacidad de influir en la opinión pública.

Ahí está el caso de la teoría y la política fiscal; con déficit superiores al 10 por ciento en muchas naciones con economías grandes, un bando levanta cartelitos que dicen: "el fin está cerca; sólo una violenta inflación podrá resolver los desequilibrios provocados por este pecado fiscal. Si los gobiernos y los Congresos no vienen con una afilada hoz a cortar el gasto público, una crisis inflacionaria se apoderará del mundo entero, con todas sus consecuencias".

Pero el bando contrario se burla de los profetas del desastre inflacionario, y sentencian que la actual posición fiscal es indispensable para evitar una depresión de la economía global. Esta escuela dice que así habremos ganado la batalla contra la inflación, sólo que dejando un reguero inmenso de víctimas del desempleo, del colapso del comercio y de la pérdida de valor de los activos.

Cosa igual ocurre con la teoría y la política monetaria; durante los últimos dos años, no ha tenido precedentes la velocidad de la expansión monetaria generada por los bancos centrales de Estados Unidos y de otros países de gran tamaño económico. Una facción académica clama que hay que correr a la compra de cualquier bien durable para protegerse contra la inevitable hiperinflación.

Pero la facción opuesta se burla de la ingenuidad de esas 'aves de mal agüero'; su visión consiste en que las montañas de dinero recién emitido permanecen inmóviles en las bóvedas de entidades financieras y otros agentes económicos ávidos de tener alta liquidez en sus balances. Es plata que no se usa para la inversión o el consumo, y su impacto inflacionario es nulo. Cuando vuelvan las aguas mansas, los banqueros centrales podrán enjugar toda esa espuma sin mayores costos.

Lo curioso -o lo lamentable, como usted quiera verlo- es que los portavoces y los abanderados de los ejércitos intelectuales en contienda no están pintados en la pared: abundan las condecoraciones, los títulos profesorales vitalicios, los ganadores de premios Nobel de Economía.

Así, no sorprende que los laicos duden del valor social de los clérigos del conocimiento económico.

En el ambiente hay, ahora mismo, hechos contradictorios; desde el estallido de la crisis, los flujos financieros han ido masivamente en la dirección de Estados Unidos, en vez de abandonar el barco del país más endeudado y más deficitario del mundo y de la historia. Ello ha sido una bendición para el manejo de la coyuntura global.

Pero, por otra parte, la moneda del Tío Sam pierde continuamente valor en todas partes del mundo. De hecho, desde mediados del 2002, el dólar se ha devaluado un 40 por ciento versus una canasta de las principales monedas. Por otra parte, a pesar de los signos de recesión en Estados Unidos, lo precios al consumidor subieron un 0,8 por ciento en junio: el alza más grande desde 1981.

En fin, la mejor opción de los economistas parece ser ahora la de andar al ritmo de los hechos sin correr el riesgo e hacer el ridículo como augures.

cgonzalm@cgm.com.co

César González Muñoz

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