Como siempre, es muy arriesgado ahora anticipar qué le puede ocurrir a la producción y al empleo a escala global, cuando la 'economía real' reciba de lleno la marejada que viene del sistema financiero de Estados Unidos y de los demás países ricos.
La economía mundial podría sufrir un serio accidente, dependiendo de la manera como se maneje esta crítica coyuntura financiera. Es, de hecho, el final de una era en la historia de las finanzas y de su organización institucional, y el comienzo de una nueva. Ya no es una exageración afirmar que se ha roto el modelo financiero de Wall Street, y que el temor y el respeto al riesgo serán mucho mayores en los años venideros.
El pasado fin de semana fue clamoroso para los analistas financieros profesionales. Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión de Estados Unidos en términos de tamaño del balance, quedó bajo administración estatal, de acuerdo con el Capítulo 11 de la Ley de Quiebras. Merrill Lynch, que una vez fuera el paradigma de los bancos de inversión (tercero en tamaño), fue engullido por el Bank of America. AIG, la mayor compañía de seguros del mundo, parece estar caminando en la cuerda floja. Solo una semana antes, en la nación de la propiedad privada por excelencia, había ocurrido la mayor nacionalización de la historia, con la toma de posesión de Fanny y Freddie por parte del tesoro de Estados Unidos. ¿Qué ocurrirá el próximo fin de semana?
En un escenario de cifras colosales, poco se habla del impacto de las quiebras en el bienestar de los empleados de las entidades caídas. En Lehman Brothers, las mayores víctimas inmediatas son sus 25.000 empleados quienes en conjunto poseían el 30 por ciento de las acciones de la compañía. Los 60.000 empleados de Merrill han de estar preguntándose por su futuro laboral inmediato.
Recordemos que en marzo pasado el banco JP Morgan Chase había comprado Bear Stearns, el quinto mayor banco de inversión, por míseros 236 millones de dólares, con un descuento por acción del 93 por ciento sobre la cotización en bolsa el día anterior a la compra. En esa ocasión, el banco central gringo había abierto la ventana de la emisión de dinero para financiar a JPMorgan Chase en su transacción con Bear Stearns. No obstante, Lehman no tuvo acceso ilimitado a dicha ventana, ni a recursos procedentes del tesoro federal; no encontró tampoco un comprador como Bear Stearns (el británico Barclays Bank estuvo a punto), y tuvo que someterse a la protección de la Ley de Quiebras.
¿Qué ocurrirá con Goldman Sachs y Morgan Stanley, los dos restantes bancos de inversión de Wall Street? Exceptuando alguna situación de auténtico desastre, ninguno de los dos parece en inminente peligro. Sus diferencias con los tres caídos son fundamentales. No obstante, el Estado los estará mirando de aquí en adelante con el ceño fruncido. Vendrán nuevas exigencias de capital y reglas más duras de evaluación de riesgos.
En medio de toda esta turbulencia, es relativamente más fácil predecir la historia venidera de los flujos internacionales de capitales. Será un ciclo que ya hemos visto en las últimas décadas: los capitales financieros cercanos a los llamados mercados emergentes gravitarán ahora hacia bahías más seguras como los bonos del tesoro federal de Estados Unidos. La propia inversión directa en la economía real de países como Colombia podría sufrir una caída. De manera que la atención se va a mover desde Wall Street y las bolsas de las naciones ricas, a los mercados emergentes.
En todo caso, como resultado de esas fuerzas, por estos lares seguirá subiendo el precio del dólar, y será más difícil obtener financiamiento internacional. Un gobierno responsable y bien aconsejado se estaría apretando el cinturón fiscal, ahora más que nunca.
cgonzalm@etb.net.co
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