Buena parte de las discusiones colombianas sobre la política monetaria y los precios hace solo un ruido estridente. Con mucha frecuencia, aún entre economistas entrenados, es alta la dosis de ignorancia de los factores elementales del problema. Con algunas excepciones, la crónica especializada no plantea lo esencial y se queda en lo episódico. El debate económico no se puede reducir a un intercambio de frases entre los iniciados en la 'ciencia lúgubre'.
La opinión en general debe tener alguna idea sobre los factores que influyen en sus condiciones de vida, y por tanto es obligación de los cronistas hacer un esfuerzo por comprender y comunicar los conceptos y las relaciones primordiales. El periodismo económico es muy importante para entender y manejar las condiciones de la economía. Es oportuno, quizás, recordar dos o tres cosas.
La política monetaria no tiene impactos inmediatos. Los técnicos dirán, por ejemplo, que la más reciente y pequeña alza de la tasa básica del Banco de la República, que convocó iras y lamentaciones del Ejecutivo y de los gremios, tendría algún efecto macroeconómico solo después de varios trimestres. ¿Cuántos? No se sabe. ¿Cuál será el tamaño de ese impacto? Tampoco se sabe. Por ello, es falso que un alza de 25 puntos básicos en la tasa de interés de intervención del banco central lleve inevitablemente a un aumento del costo de vida del ciudadano común, o a una pérdida de producción e ingresos, o a ambas cosas. Es también absolutamente falso que la política monetaria de los últimos 15 meses sea la causa principal de la disminución del crecimiento económico en Colombia. La mayor parte de las consecuencias de dicha política está por verse aún.
Los banqueros centrales conducen una nave en medio de la oscuridad. Dan golpes de timón a sabiendas de que los efectos se transmiten lentamente. Saben, sí, que las acciones del presente producirán reacciones en un marco temporal de hasta un par de años. Dado que el torrente de los hechos económicos es caudaloso y variado, lo más probable es que nunca se pueda discernir el impacto real y concreto de las decisiones de la autoridad monetaria en la posición de los mercados financieros, o en la tasa de cambio, o en nivel de empleo. Todo futuro es impredecible y, por tanto, los bancos centrales trabajan con la incertidumbre.
Paradójicamente, los principales insumos de la política de control de la inflación se encuentran solo en la imaginación humana: Se trata de las expectativas de la gente que toma decisiones de inversión y consumo, de compra y venta de activos financieros. Si la gente se afianza en la expectativa de que el nivel general de precios suba más rápido en el futuro, no será posible impedir que la inflación se acelere. Ello será así, a menos que venga el banco central y convenza a la gente de que no hay motivo para albergar esas expectativas. La capacidad de persuasión del banquero central depende de su credibilidad, de su competencia técnica y de la claridad y coherencia de sus decisiones. En las circunstancias actuales, por ejemplo, no tendría sentido alguno estimular desde el Emisor una rápida expansión del crédito y del gasto privado. Por una variedad de razones, se está cocinando la expectativa de mayor inflación en Colombia. El combustible viene de afuera (precios del petróleo, de materias primas, de alimentos) y de adentro (un presupuesto público incoherente y hasta fantasioso).
Si el banco central, con sus instrumentos, no logra apaciguar las expectativas inflacionarias, el movimiento llegará a todos los contratos y precios, y la imaginación habrá creado la realidad.
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