A comienzos de los años 20 del siglo pasado, la inflación alemana anual llegó a ser de 2 billones%. Una libra de buena mantequilla alemana alcanzó un precio cómico: 4 trillones de marcos. La que no fue cómica, en modo alguno, fue la historia que, montada en buena parte sobre el primer desastre de la moneda alemana, condujo al Tercer Reich. A mediados de esa década, el valor del marco alemán se había reducido a una trillonésima parte del que tenía en 1913.
La inmediata segunda postguerra trajo una nueva hiperinflación. Es común oír en esa nación que semejantes hecatombes implantaron el miedo a la inflación en el código genético del pueblo alemán. El resultado fue el Bundesbank, paradigma de los bancos centrales independientes. Nada qué hacer: la democracia liberal, y un banco central autónomo, son factores esenciales de la estabilidad de precios en una economía de mercado. Cualquier debate sobre la independencia de los bancos centrales debe ir más allá, mucho más allá, de una discusión sobre los modelos económicos y de política económica. Es la lección de la historia.
Varios países vecinos de Colombia sufrieron inflaciones galopantes en el siglo XX, particularmente en los 80 y comienzos de los 90. A la sazón, Colombia registraba una inflación persistente, relativamente estable alrededor del 22% anual.
Decenas de millones de personas fueron víctimas de las hiperinflaciones latinas; el costo social inmediato de las políticas de estabilización fue muy elevado. Los daños sociales causados por la inflación colombiana de esas décadas no fueron de poca monta, pero los principales damnificados no tenían representación. La inflación colombiana no hacía mayor ruido. Por falta de experiencias desastrosas, es leve el miedo del pueblo colombiano a la inflación. El capitalismo colombiano marchó a trancas y a mochas sin mayores sobresaltos, mientras la inflación hacía fiestas en el vecindario, gracias a un particular arreglo institucional, a un cierto despotismo ilustrado que produjo lo que se llamaba una inflación moderada y estable.
El poco miedo del pueblo colombiano a la inflación no ha permitido que el Banco de la República tenga el prestigio social y político que debiera tener desde su instauración como autoridad monetaria autónoma en 1991. Para el común de la gente, los beneficios de una inflación de un dígito no son evidentes. La columna del profesor Gonzalo Palau Rivas el lunes en PORTAFOLIO es una muy oportuna y plausible reflexión al respecto.
El asunto, sin embargo, es que el mayor prestigio se logra no solo mediante una buena información pública a cargo de los banqueros centrales colombianos; se necesita una fuerte dosis de responsabilidad política por parte de los líderes políticos y culturales, que ponga la estabilidad de precios en el mismo lugar que hoy ocupan en la mente colectiva la seguridad del Estado y la paz estable.
Es cierto que la independencia del Banco Central no es garantía de victoria sobre la inflación; pero, con todas sus imperfecciones y dificultades, esa figura debe tenerse como un instrumento muy importante de las instituciones democráticas. Se puede alegar sin pausa, desde el ejecutivo y desde la opinión, contra determinadas acciones de política ejecutadas por la autoridad monetaria, sin que por ello se menoscabe su autonomía.
Los bancos centrales están obligados a ejercer su enorme poder con modestia y serenidad. Con frecuencia enfrentan duros combates con los gobernantes elegidos por el pueblo, quienes tienen su propia racionalidad y sus propios objetivos legítimos. Lo que no es aceptable es que aquí se pretenda quitarle prestigio al Banco de la República apelando a un pueblo que no le tiene miedo a la inflación.
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