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César González Muñoz

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Publicado el 02-04-08

Hemos comentado recientemente en esta columna la coyuntura internacional de política monetaria. Hemos visto cómo el Banco Central de Estados Unidos está derramando torrentes de 'liquidez' en el mercado financiero, principalmente mediante una drástica reducción de las tasas de interés fundamentales. Es oportuno elaborar un poco más sobre el asunto.

Este movimiento tiene dos motivos, dos consecuencias previsibles y dos implicaciones estructurales.

Los motivos: por un lado, se ofrece liquidez primaria para apuntalar intermediarios caídos en desgracia por cuenta de la pérdida de confianza de los inversionistas. Y por el otro, el talante expansionista de la Reserva Federal tiene también mucho que ver con las evidencias de una fuerte desaceleración de la economía gringa. Muchos cronistas económicos están haciendo sonar duro las trompetas que anuncian una recesión, o cosas peores. Hace unos días, el editorial del diario The New York Times advirtió que Estados Unidos "está al borde de la peor recesión económica en una generación".

Las dos consecuencias previsibles son: el dólar tiende a perder valor en los mercados cambiarios y financieros, y crecen las expectativas de inflación en la zona del dólar.

Dado el tamaño relativo de los flujos financieros de Estados Unidos, el dólar se percibe súper-abundante en todas partes, principalmente en Europa. La gran mayoría de los expertos cree, efectivamente, que el dólar va en picada porque la FED ha bajado sus tasas de interés a un ritmo insólito, mientras que el Banco Central europeo se ha mantenido quieto con sus tasas básicas.

Hasta ahora ha decidido no reducirlas, porque le tiene miedo a un aumento de las presiones inflacionarias en la zona del euro. Solo cuando el Banco Central europeo esté tranquilo con la inflación (su objetivo determinante) y entre en una senda expansionista de política monetaria, el dólar dejará de devaluarse en Europa y en el resto del mundo. Es cierto, además, que al Gobierno de Estados Unidos le parece buena noticia la depreciación de su moneda: apoya las exportaciones en momentos en que la economía interna da muestras de aflicción. En consecuencia, parece razonable esperar una ulterior caída del valor internacional del dólar. Pero no será por mucho tiempo.

La masiva inyección de dinero que la FED continúa aplicando, crea también el fantasma de la inflación. Uno escucha y lee a un creciente número de economistas que creen que ha comenzado un período de inflación más elevada. Algunos piensan, incluso, que el mundo volverá a ver ritmos inflacionarios similares a los de la década del ochenta del siglo pasado.

Estas dos consecuencias, mutuamente alimentadas, serían la fórmula para una 'corrección' abrupta de los desequilibrios monetarios; sería una situación que ningún banco central del mundo querría administrar, en la que la aversión al dólar en todas partes podría causar un colapso económico global. Esa es una situación impensable; más allá de un cierto límite crítico, y a regañadientes, los banqueros centrales y sus gobiernos se unirán en falange para impedir el colapso violento del dólar.

Las dos implicaciones estructurales son: el registro de enormes pérdidas de los bancos centrales y de los grandes tenedores de activos denominados en dólares, por cuenta de la caída del rendimiento de dichos activos y de la devaluación del dólar; y el empobrecimiento relativo de los exportadores cuyos precios están atados al dólar. Aún cuando en Colombia hemos escuchado en los últimos tiempos variados anuncios de apoyos 'selectivos' a ciertos sectores exportadores, en las últimas semanas tales noticias se han multiplicado. Café, banano, flores, recibirán algún apoyo fiscal.

La lista de los sectores receptores de transferencias públicas gratis va a crecer. A la larga, los contribuyentes colombianos tendrán que cotizar, así sea en mínima escala, para el restablecimiento del orden cambiario global.

César González Muñoz

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