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César González Muñoz

Un tal Currie

Publicado el 08-02-2008

Organizado por el Banco de la República, el miércoles tuvo lugar en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá el seminario 'El Pensamiento Económico de Currie'. Pocos economistas contemporáneos conocen con algún grado de profundidad el legado intelectual y la importancia histórica de este hombre, nacido en Canadá en 1902, educado principalmente en Estados Unidos, ciudadano colombiano desde 1958 y sepultado en Bogotá en 1993.

Para el "canon oficial", Lauchlin Currie no aparece entre los grandes líderes intelectuales colombianos, si bien su influencia en el desempeño de la economía y de las instituciones económicas nacionales fue muy considerable. Recientemente, un amigo, economista del Banco de la República, me hizo un comentario del siguiente tenor: "No he leído mayor cosa de lo que escribió Currie. Pero sí sé que en el mundo no ha habido un economista que haya tenido a su disposición, con tanta libertad, el laboratorio vivo de una economía nacional para poner en práctica sus ideas".

Esta frase contiene una evidente exageración, pero quedé con una noción clara en el cerebro: la llamada academia, los economistas colombianos y los "filósofos de la vida cotidiana" le deben a Currie un mejor tratamiento: hay que ponerlo en su sitio. Hay que saber mejor lo que hizo.

Lo cierto (y lo lamentable, dada la escasa difusión de su pensamiento) es que no se puede comprender cabalmente el desempeño de la economía nacional durante la segunda mitad del siglo XX sin conocer el papel que tuvo Lauchlin Currie en el diseño de la política pública.

Desde su llegada a este país en 1949 en misión del Banco Mundial, Currie manejó una gran diversidad de intereses, desde la geografía y los recursos naturales colombianos y los problemas de la moneda y el crédito, pasando por las oportunidades y los desafíos del desarrollo urbano, hasta la construcción y reforma de instituciones claves del Estado colombiano, pasando por el problema de la enseñanza de la economía y las ciencias sociales como condición para abandonar las ilusiones, los sofismas y comprender cabalmente la realidad.

Con su particular estilo para persuadir, Currie fue un brillante pedagogo. Unas pocas generaciones académicas de economistas de la Universidad Nacional sintieron directamente su influjo intelectual, más allá del currículo y de las clases formales. También enseñó en la Universidad de los Andes. Currie tiene discípulos vitales como Álvaro Montenegro, de los Andes, y los miembros de la Fundación Fines, economistas de la Nacional graduados en los sesenta y setenta. Fue muy importante su cercanía como consejero de varios gobernantes y hacedores de políticas públicas.

Un tema aún menos conocido es la participación de Currie en el proceso que llevó a la reforma de la institución de la banca central en la Constitución de 1991. Antonio Hernández Gamarra, economista de la Nacional y uno de los más cercanos discípulos de Currie, en su exposición del miércoles y en un interesante ensayo suyo sobre el pensamiento de Currie en materia del manejo monetario en Colombia, dejó en claro que el carácter del banco central colombiano es hoy, en términos generales, congruente con la reiterada insistencia de Currie en la importancia de un banco central independiente, cuyo objetivo prioritario sea el control monetario de la inflación. Esta insistencia conceptual data de la década del treinta, cuando Currie surgió como uno de los más importantes e influyentes pensadores de Estados Unidos en el campo de la moneda y el crédito.

El seminario del miércoles se hizo con ocasión de la entrega de los archivos personales de Currie a la Biblioteca Luis Ángel Arango, después de un largo y plausible trabajo de la profesora Elba Cánfora, directora de la Fundación Memoria. Ahí está disponible el material, de indudable valor teórico e histórico. La historia debe hacerle justicia al Profesor Currie.

César González Muñoz

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