Hay un personaje dedicado a demandar ante jueces y tribunales a cuanto periodista o columnista escribe sobre él. Como ostenta un cargo público, también ejerce un poder que la sociedad le ha confiado y uno esperaría, lo hiciera con unos mínimos de responsabilidad y decoro.
Cuando uno asume altas dignidades es consciente que sus actos están sometidos al escrutinio permanente y por ello, sus conductas deben ser ejemplares.
Por supuesto, uno mantiene el derecho al buen nombre y que las noticias difundidas no corresponden a mentiras o flagrantes alteraciones de la verdad.
Pero cuando uno se ha reunido con personas que terminan en la cárcel o están involucradas en negocios ilícitos, corresponde dar explicaciones sobre el tema y no atacar a quienes en el ejercicio de la libertad de prensa opinan o informan sobre esos hechos.
Cuando algún familiar cercano, por ejemplo, la esposa, le agradece en tono cariñoso un regalo a quien tiempo después resulta ser un criminal, pues es natural que eso genere dudas y sospechas.
Ahora bien, no sé si las grabaciones fueron realizadas con la orden de un juez, o si como es costumbre en Colombia, se realizaron de forma ilegal. En ese caso, uno supondría que hubo un delito y asumiría que en defensa de los derechos de su familia y de él mismo, este personaje haya demandado una investigación y condena sobre quién y bajo qué autoridad, realizó la grabación.
En los medios, no se registra ningún proceso o solicitud para este fin. Claro, siempre es más fácil atacar a quienes ponen su firma en las columnas y dan la cara para respaldar sus palabras; la cobardía, en cambio es grande cuando se trata de fuerzas oscuras y tenebrosas que cometen delitos.
Solicitar rectificaciones es un derecho de todo ciudadano, pero de él no se debe abusar, ya que se corre el riesgo de incurrir en el ridículo y generar que de esta manera su nombre ni siquiera merezca ser escrito.
Discrepo, y en ocasiones de forma profunda, de las opiniones que columnistas y periodistas expresan. Incluso, cuando ejercí responsabilidades públicas, mis actos fueron juzgados con dureza por algunos de ellos. Jamás se me ocurrió solicitar una rectificación y mucho menos demandar a los comunicadores, claro yo no he recibido regalos de personas que luego resultaron ser criminales.
Hay un hombre de quien me honro haber sido su alumno y cuya trayectoria profesional es realmente admirable, Rodrigo Pardo, cuyo nombre sí merece ser escrito por la dignidad de sus actuaciones.
ccaballero@cifrasyconceptos.com
PUBLICIDAD