Soñé que había muerto, de forma natural, como si no viviera en Colombia, y sin poder instruir a mis deudos cómo quería mis funerales.
-Propongo que velemos a Álvarez en la sede del CPB- dijo a mi esposa un colega que acudió a expresarle las condolencias, mientras mi espíritu vagaba por el aire, renuente a abandonar su compañero cuerpo de tantos años y goces.
--No se puede --intervino otro--: no es socio.
--El mejor lugar es la redacción de El Tiempo, que fue su diario vivir y donde pasó tantas noches en vela --aconsejó una amiga, jefe de prensa.
--El Tiempo de hoy es otro planeta --dijo con todo respeto un cómplice de algunas fiestas--. A Álvarez hay que velarlo en su salsa: Goce Pagano, Salomé o Café Libro.
Pero la tradición fue más poderosa, y mi cuerpo arribó a la funeraria, seguido de mi espíritu que se le aferraba tercamente. Comenzaron a llegar flores y a copar los alrededores junto a unos cirios de fantasía. Sobrevino la alergia nasal, pero me contuve de no estornudar, porque iban a pensar que no estaba muerto y estaba de parranda.
Me dejaron solo esa noche. Desconectaron las lamparillas y mi espíritu se dedicó a conocer la funeraria, a conversar con quienes me acompañarían de ahí en adelante.
Comencé el siguiente día de mi vida de difunto, deseando que no me llevaran a los Jardines de la Armonía, donde tenía la póliza exequial, en un cortejo que trancara la Autopista y dejara un reguero de coronas y flores marchitas. Además de agotar a los dolientes.
--Si la señora está de acuerdo --le dijo a mi esposa una representante de la funeraria--, el cortejo rodará por la Autopista del Norte.
Luego vino el asunto de la misa. "¿Cómo la quiere? --preguntó la ejecutiva uniformada--. ¿Cantada? ¿Concelebrada? ¿Diaconada?".
"Quiero la voz de una mulata, un trombón, morir en tiempo de son, bendición", entonó mi espíritu.
--A ver --dijo un amigo de la familia como si me hubiera escuchado--: 'El mono' Álvarez era sobre todo un tipo musical. ¿Qué le vamos a tocar en la tumba?
Lo miraron como se mira a un irrespetuoso. Mi espíritu se regocijó.
--Mariachis --dijo un espontáneo--. Porque a él le gustaban desde Pedro Infante hasta Vicente Fernández.
Mi espíritu gritaba que si querían mariachis, pues, bueno. Pero que porfis, las exequias no me fueran a quedar como una escena de El Capo. No quería tener un final libreteado por Gustavo Bolívar, sino por Fernando Gaitán.
--Podemos traer a 'La Tuna Javeriana', con la condición de que vuelvan a admitir a Germán Manga.
--Déjense de pendejadas --dijo mi esposa tajante--. Si es con música le pongo Canela, de César Mora, A la memoria del muerto, de Fruko y Yo soy la muerte, de El Gran Combo. Para que se vaya contento.
Mi cuerpo se levantó para darle un beso de agradecido amor. La funeraria se desocupó en un instante, sin poder definir quién iba a hablar de lo que fui, de lo que no pude ser, el lugar de las cenizas, que mi epitafio no fuera mi biografía... Me desperté.
Ella, que me miraba extrañada, me preguntó severa: "¿Dónde era el baile? Cuente, a ver...".
carlosgustavo.alvarezg@etb.com.co
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